| Dos plumas se refieren a “JJ’s voices” |
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| Miércoles, 18 de Enero de 2012 14:10 | |
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Dos plumas se refieren a “JJ’s voices”
El espíritu de Janis
Marietta Santi
La segunda pieza que el Cullberg Ballet de Estocolmo presentó en Chile, en el marco de Santiago a Mil, fue “JJ’s Voices”, del coreógrafo canadiense Benoit Lachambre. Aunque muy diferente al Tríptico de Ekman, que estuvo en el Teatro Municipal de las Condes, el elenco volvió a mostrar una ductibilidad técnica capaz de afrontar una coreografía que se sumerge en el espíritu de la contestataria Janis Joplin, que utiliza temas de la cantante no como fondo musical sino como una forma de mostrarla desde su creación. El coreógrafo trabaja desde el cuerpo quebrado del bailarín, desde el cuerpo herido y convulso, derrotado y en éxtasis, desde la euforia y la depresión que caracterizaron la vida de Joplin. Se ve la droga, la oscuridad, la desesperación. Los ocho intérpretes, cuatro hombres y cuatro mujeres, están vestidos con zapatillas, grandes polerones con cierre y pantalones muy anchos, algunos con bolsillos, otros buzo sobre buzo. Con esta ropa esconden el cuerpo virtuoso, esconden el rostro y también el sexo, volviéndose tan anónimos como desesperados. En escena, unas cuantas cajas de manera y unos perfiles de aluminio, donde los intérpretes ponen carteles con palabras escritas a mano: inside, collapse, multiple emotions, bones, softcore, grotesque, entre otras. En términos de lenguaje, Lachambre trabaja desde la ruptura, la desarticulación de los cuerpos, que trabajan la euforia y la lentitud, el estacato, la quietud corporal y el desborde. Se ven cuerpos andróginos, deformes inclusive, que interactúan con los otros desde esas cualidades. Hay un juego con los planos realidad ficción cuando uno de los intérpretes coloca el polerón al revés a un compañero: lo que es adelante es en realidad atrás, y viceversa. La coreografía parece espontánea, libre, pero hay recorridos muy claros y trabajos definidos de cada intérprete. Lo mismo sucede con sus movimientos. Descontrol que claramente recorre un camino, un trazo significante. “JJ’s Voices” es una obra inquietante, que hurga en el interior del ser humano contemporáneo, que retrata su ser anónimo y su desesperada búsqueda de sentido.
Pamela Lagos
“JJ’s Voices” del coreógrafo Benoit Lachambre es el segundo montaje que nos trae Cullberg Ballet, compañía de danza sueca de reconocida trayectoria que se presenta por primera vez en Latinoamérica gracias a Santiago a Mil. La compañía fue fundada por Birgit Cullberg en 1967, bajo los auspicios de Riksteatern. La compañía actualmente tiene entre 16 y 18 bailarines europeos, quienes continuamente están presentando obras por todo el mundo. Desde sus inicios la compañía se destaca por la fuerza técnica y diferentes formas, tamaños y rasgos de sus intérpretes. La obra “JJ’s Voices” se inspira en la voz y música de la cantante estadounidense Janis Joplin (1943-1970), y se presenta como una unidad significativa en la que se expresa el cuerpo vivido de la creadora y una fusión de su interioridad (psique, imaginación, deseos, sentimientos) y su exterioridad (cultura y sociedad contemporánea). La coreografía propone una completa ruptura a los paradigmas de la danza. En el montaje ocho bailarines, cuatro mujeres y cuatro varones, están en escena vestidos con anchos polerones y pantalones sport, cuyo lenguaje de movimiento es fascinante por las diversas posibilidades y cualidades que sus cuerpos son capaces de ejecutar, rompiendo con las palabras que están presentes, a través de carteles, en el espacio: listen, inside, heart of foot, soft core, bones, diaphragm, ride, communication, catch, hand, tongue, eating space, over you, grotesque, collapse, let it, multiple emotions. En la danza encontramos ironía hacia estas palabras, el cuerpo no se rige según éstas, sino que es una búsqueda que va mucho más allá del movimiento y traspasa la semiótica, develando que nace de impulsos convulsivos, sin estereotipos, con infinitas posibilidades de deformación del cuerpo y utilizando una amplia gama de cualidades como la extrema lentitud, el staccato, el absoluto silencio y la catarsis; generando un cuerpo que está siempre en estado de alerta, perceptivo, presente, moviéndose en completa libertad. La coreografía de Benoit Lachambre está diseñada de manera que se van planteando diferentes situaciones en las que los intérpretes adquieren roles desde los que interactúan unos con otros. El cuerpo rompe las estructuras convencionales, se deforma inclusive con ayuda de sus vestuarios, transgrediendo los conceptos de espacio y niveles como adelante-atrás, el abajo-arriba y los lados, así como también un gesto muy simple como el balanceo de un pie se expone en su infinidad de recursos por el espacio escenográfico. El cuerpo de los intérpretes es absolutamente dúctil en cada una de sus propuestas, sale de su cotidiano y se apasiona extremadamente como notamos al final, cuando los intérpretes giran sus polerones, extasiados en ese movimiento circular. Es interesante que el rock and roll y blues de Janis Joplin no son ocupados de forma literal ni al compás, sino simplemente para exacerbar el sentir en la interpretación, consiguiendo traspasar al espectador la poderosa voz y espíritu rebelde de esta cantante. La escenografía se torna creativa en medida que son los mismos intérpretes quienes van cambiándola de espacio junto con los carteles, hasta agotar el recurso, lo que adquiere múltiples significados respecto a su utilización junto a los cuerpos como un retrato vivo del hombre contemporáneo. |


El Cullberg Ballet de Suecia ofreció dos excelentes apuestas en Santiago a Mil. La última es una pieza con música de Janis Joplin, que se convierte en un retrato de la búsqueda contemporánea.
Retrato contemporáneo