Bajo la dirección general de las arquitectas y artistas Andrea Gómez y Camila de la Jara , se presenta “Yacimiento”, una pieza que fusiona instalación, performance y arte sonoro para indagar en la memoria de Chuquicamata, el campamento minero evacuado definitivamente en 2007. Estrenada originalmente en 2025 y repuesta este 21 de enero de 2026 en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) como parte del Festival Teatro a Mil, esta obra de 55 minutos transforma la sala en un laboratorio de identidades desplazadas.
La experiencia comienza inmediatamente al entrar: una penumbra intensa, casi total, donde el público se ve inmerso en una atmósfera sofocante y calurosa debido al humo que actúa como polvo suspendido durante toda la función. A un costado, una persona gira una tómbola manual que simula el silbido del viento, mientras se escuchan pájaros y comunicaciones interrumpidas de radio , estableciendo desde el inicio una inmersión sensorial donde el diseño de Antonia Valladares y Sebastián Jatz se vuelve protagónico.
El espacio se habita a través de una luz anaranjada en diagonal que simula el sol entrando en una caverna. Es aquí donde la intérprete Andrea Gómez, vestida con un overol verde, entra luchando contra la tempestad del viento y una tormenta de sonidos metálicos; su cuerpo, en una inclinación casi imposible, batalla palmo a palmo contra una resistencia invisible que la ancla al suelo, haciendo de cada paso un acto de supervivencia hasta caer rendida.
Mientras se superponen relatos de los habitantes de Chuquicamata, tres performers miden la profundidad con láseres verdes y levantan placas metálicas gastadas que revelan luces intensas en el suelo que encandilan la vista. Estas placas forman un panel donde se proyectan imágenes de la maquinaria trabajando la tierra, para luego dar paso a una simulación de explosión con tuberías que sacude la sala.
La tensión aumenta cuando una cuerda de luz serpentea hacia el cielo representando el alma viva del yacimiento. En este punto, el espacio sonoro se vuelve visceral: se escuchan sonidos telúricos, temblores y estruendos de la tierra gritando, estremeciéndose y fragmentándose, mientras un sonido estridente hace vibrar las butacas, marcando la presencia de esta fuerza que parece agrietarse bajo nuestros pies.
Tras este colapso, la intérprete emerge desvestida hasta la mitad, revelando una malla esmeralda brillante con uñas y guantes a juego. Utilizando el waacking y el voguing , realiza un lipsync de una canción sobre la explotación y las divisas, interpelando al público antes de quitarse las uñas y los guantes con la boca como si extrajera gemas de su propio cuerpo. Un performer recoge estas prendas como si ella no estuviera ahí, en una clara alusión a la extracción de minerales que despoja al territorio de su valor. El espacio se llena entonces de relatos sobre la vida cotidiana en el campamento —el hospital, las donas con azúcar y el vapor del tren — que anclan la abstracción en la memoria afectiva.
Hacia el final, la obra transita hacia una dimensión más ritual. La intérprete es retirada para luego volver mientras pequeñas luces verdes y azules se encienden por todo el piso como almas. Ella las mira y comienza a arrastrarlas, como si la tierra se tragara esos recuerdos, mientras otro intérprete las va tapando. El cierre se produce bajo el sonido de trompetas nortinas que, con un tinte entre fúnebre y festivo típico de danzas como La Tirana, acompañan una canción sobre la hora de partir.
Todo se oscurece y la obra acaba, dejando en el aire la densidad de un ambiente donde el calor y la sofocación certifican que el “Yacimiento” no es solo historia, sino una herida física que sigue latiendo en los cuerpos que habitaron la escena.
fortos Alejandro Chaparro
