Teatro a Mil: Francisco Reyes y Marcelo Alonso se lucen en un intenso pas de deux teatral

Ricardo III, que en 1483 subió al trono como Rey de Inglaterra y señor de Irlanda luego de verter sangre de sus oponentes y de su propia familia, se ha convertido con los siglos es sinónimo de crueldad, ambición y falta de escrúpulos. Por algo Shakespeare lo retrató como siniestro y deforme -cojo y jorobado- en la obra que lleva el nombre del monarca.
Finalmente, a partir de sus restos hallados bajo un estacionamiento -en 2012- los científicos descubrieron que no era jorobado sino que tenía escoliosis. La reconstrucción de su rostro a partir de su calavera y retratos de época, mostró a un hombre joven -murió a los 32 años-, de nariz ligeramente arqueada y una barbilla prominente, similar a sus retratos, y de estatura normal para la época (aproximadamente 1.72).
Gran personaje, sin duda. A partir de su sangrienta historia, y del jabalí blanco que usaba en su emblema personal , el dramaturgo uruguayo Guillermo Calderón escribió “Historia de un jabalí (o algo de Ricardo)”.
La obra, pensada como monólogo, hace un cruce entre el rey inglés y las comunidades humanas, usando como metáfora a un grupo de teatro que ensaya precisamente “Ricardo III”. Teatro dentro del teatro, con cuarta pared que se rompe e integra al público en este juego de planos.
En Chile, Cristian Plana dirigió la versión que debutó en Teatro a Mil y que interviene el unipersonal original incorporando a otro actor. Francisco Reyes interpreta a quien debe encarnar a Ricardo y, Marcelo Alonso, al director y a otros personajes.
Reyes está prácticamente siempre en escena, desplegando una energía que arrasa. Su personaje, que lleva su nombre, es un Ricardo moderno: ambicioso, arrogante, ninguneador del resto del elenco. Además, revela actitudes machistas de esas que hoy son políticamente incorrectas.
Su ingreso a escena, ataviado con una chaqueta rosada de una tela tipo raso, polera negra sin mangas y mocasines sin calcetines, la hace como un star. O más bien como alguien que se cree algo así. Se siente mejor que sus compañeros y compañeras, mejor que le director a quien -obviamente-quiere desbancar.
En el otro extremo de la energía, Alonso asume el rol del director que intenta que Francisco/Ricardo entienda su punto de vista de la obra, que diga el verso yámbico de una determinada manera, que respete en encabalgamiento, que sepa de historia. Pausado, contenido, con una energía compacta que no salpica sino que se instala.
Ambos personajes ocupan un espacio muy simple: varias sillas puestas en un círculo con elementos de vestuario encima que representan al resto del equipo actoral. La iluminación es primordial en los apartes del protagonista Ricardo, en intencionar sus dichos y remarcar las diversas capas de las obras. Carolina Sapian es responsable del diseño integral, tan atractivo como simple y funcional, que colabora a las profundidades de la obra.
Poco a poco, Francisco/Ricardo deposita su verdadero ser en los espectadores, que descubren que Ricardo III no es un personaje del pasado, sino que se ha convertido en un arquetipo de la ambición y la falta de escrúpulos. ¿Hasta dónde podemos llegar cada uno de nosotros? La pregunta horroriza, pero la simbiosis del personaje actor con el personaje histórico la reconocemos, sin duda, en nuestro entorno.
El enfrentamiento verbal y afilado entre el protagonista y su director es fiera, hasta desbancarlo. Entonces Alonso se transforma en Lady Ann y, en una escena prodigiosa, en la madre de Ricardo, Cecilia Neville, duquesa de York y condesa de Westmorland. De rojo, con pollera y la cara pintada de blanco, imponente, enorme, se enfrenta a su vergüenza, su hijo. Lo llama “una carga maldita, un monstruo y un infierno andante”, lo repudia, le llama sapo.
Cristian Plana maneja el despojo, la importancia del texto y el ritmo. No hay artificios, hay verdad dentro de la verdad. Ha dirigido a Marcelo Alonso en obras como “¿Estás ahí, Yin?”, “La Señorita Julia”, “Partido”, “Yo soy el cartón que hace que la mesa no cojee”, entre otras, por lo que la comprensión del lenguaje escénico trabajado hace match entre ellos. A la dupla se suma exitosamente Franciso Reyes, quien se despliega física y energéticamente de una forma que impresiona: se vuelve hiperkinético, verborreico, hiperenergético…un torrente que lo saca de cualquier comodidad.
La versión nacional de “Historia de un jabalí (o algo de Ricardo)” es un delicioso artefacto teatral, una muñeca rusa que revela capas del oficio actoral y su trastienda, además de insistir en temas atemporales como la ambición desmedida, la crueldad y la corrupción como herramienta de poder. Esa combinación, sumada a la acertada decisión de transformar el unipersonal de Calderón en un pas de deux teatral, hace una puesta en escena atractiva, rítmica y tensionante que permite que Francisco Reyes y Marcelo Alonso se luzcan.