“Frida”: Ballet de Santiago se luce en intenso y colorido retrato de Frida Kahlo

Frida Kahlo es una figura que trascendió la época que le tocó vivir (1907-1954), en las esferas del arte, la cultura y la liberación femenina. Hizo de sus dolores físicos y emocionales una contundente obra pictórica, calificada de surrealista, además de relevar la identidad del México indígena y la igualdad de la mujer frente al hombre. De amores tormentosos, amó y sufrió a Diego Rivera, formando una pareja dispareja. El elefante y la paloma.
Sus vivencias, que transformó en creación, dan forma al ballet “Frida”, que la coreógrafa belga-colombiana Annabelle López Ochoa (1973) montó con el Ballet de Santiago. Se trata de una biopic que recoge una serie de hitos relevantes en la biografía de la mexicana, organizados en escenas claras y reconocibles, en un intenso viaje cronológico/simbólico de la mano de la música y la danza.
En el inicio vemos a Frida niña, vestida de escolar y con puntas -por única vez en toda la obra- con su amado Alejandro, su amor adolescente. Juegos, carreras, felicidad…Hasta el doloroso accidente que afectó su pelvis y su columna, agravando la poliomelitis que padecía en una pierna.
Luego, la Frida bailarina no volverá a calzarse las puntas y transitará por la obra en zapatillas de ensayo. Metáfora en que puede leerse su conexión con la tierra y lo mundano a través de la enfermedad.
En el primer acto desfilan por el escenario los sucesos marcadores en la vida de la artista, como el descubrimiento de la pintura mientras padecía su recuperación en cama, la búsqueda de sí misma a través de los autoretratos, el encuentro con su gran amor, Diego Rivera, connotado muralista 21 años mayor que ella. También las operaciones a su columna rota, las infidelidades de Diego, sus rupturas y reconciliaciones.
Esta primera parte termina con la emoción alta al referirse a uno de los abortos espontáneos que vivó Khalo, con un espacio escénico marcado por el color rojo, que se hace presente de diversas formas.
El escenario, en modo caja negra, es intervenido por elementos significativos como los retablos que, al abrirse, aportan locaciones (la cama de Frida, el hospital, su pensamiento). Ya en esta primera parte del ballet se aprecian los elementos simbólicos que lo enriquecen: el ciervo (Ethana Escalona en el primer reparto), los bailarines caracterizados como Fridas, es decir cómo se representó ella en sus pintura; los hombres vestidos de calacas (símbolo de la muerte en México) que rodean a la protagonista en diversos roles, evidenciando la fragilidad de su vida.
La danza va de menos a más, de una coreografía ilustrativa a un trabajo más complejo y significativo, con momentos bellísimos como el dúo de Frida (Katherine Rodríguez en el primer reparto) y Diego (Cristopher Montenegro), al ritmo de “La llorona”, en la voz de Chavela Vargas, una de las enamoradas de la pintora.
El desgarro de Vargas, que aparecerá en dos momentos más con “Que te vaya bonito” y “Adoro”, subraya la tormentosa -y al parecer inevitable- unión entre los artistas.
El segundo actor repasa el viaje a Nueva York, las amantes femeninas de Frida, sus peleas con Diego y sus dolores físicos y emocionales. También aparece la cantina mexicana, los celos y la traición de Diego con su hermana menor, Cristina Kahlo. Un momento que impresiona es la danza de la columna rota (Deborah Oribe en el primer reparto), imagen de un cuadro de Frida, al ritmo de “Que te vaya bonito” en la voz de Chavela Vargas. Crudo y bello.

Finalmente, la muerte llega entre alucinaciones y  los remordimientos de Diego. 
La música, del inglés Peter Salem, usa una base docta para abrirse y explorar en el universo de la música popular mexicana. Su aporte es fundamental, sobre todo en el segundo acto en momentos de confusión de la artista donde se muestra una sonoridad confusa y hasta disonante. Muy bien asumida por la orquesta Filarmónica a cargo de Pedro Pablo Prudencio.
El vestuario de Dieuweke van Reij se empapa de la cultura mexicana y de las referencias a las pinturas de Frida. Colorido fuerte, grandes faldas, volantes, trenzas…La iluminación de Christopher Ash refuerza la tonalidad de México y del imaginario de Kahlo.
Destacable es la pareja protagónica del primer elenco. Como Frida, Katherine Rodríguez está sólida en lo técnico y lo interpretativo. Intensa, emotiva, en zapatillas de ensayo sin poder volar, a veces coja, a veces saltando. Su imaginario usa puntas y le permite despegarse. A su lado Cristopher Rodríguez realiza una caracterización teatral de Diego Rivera: tiene el tamaño, a lo que agregó el gesto en el mechón de pelo, la manera de caminar con la panza hacia adelante. Muy afiatado con Rodríguez, entregan dúos muy emotivos.
A su lado, el Ballet de Santiago hace suya una propuesta que se va complejizando en la danza y que saca a relucir las características interpretativas más teatrales de bailarines y bailarinas. Hay precisión, fuerza y arrojo.
La historia de Frida se sigue bien, de manera cronológica, sin un climax pero con dos escenas intensas al final de cada acto. Se extraña alguna mención a los amantes que tuvo la pintora, como León Trotsky, el fotógrafo Nickolas Muray y el escultor Isamu Noguchi, entre otros. Solo se hace alusión a los amores femeninos.
Para los iniciados en su vida, cada escena es reconocible. Los legos en la pintora pueden recurrir al detallado programa, que explica la acción. Hay que recordar que todos los ballets cuentan historias que, para ser seguidas con precisión hay que echar mano al texto. Desde “El Lago de los Cisnes” hasta “Mayerling”.
“Frida” es un ballet poderoso, que atrapa la vida de Frida Kahlo de manera lineal y también simbólica. Hermosos momentos, como los dúos de Frida y Diego, e imágenes decidoras como las Fridas encarnadas o el ciervo que la representa. Un buen estreno para el Ballet de Santiago.