“Majamama”: El espectáculo latino que se deshace para revelar la herida

Estrenada el 28 de noviembre en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), “Majamama” es una obra de danza contemporánea dirigida por Pepo Silva, con creación performática de un elenco seleccionado por convocatoria nacional: Francisca Espinoza, Mónica Casanueva, Gabriela Suazo, Víctor Morales, Nicolás Gatica y Javier Muñoz. Con una duración de aproximadamente una hora y diseño sonoro de Pablo Contreras y Paulopulus, el montaje se presenta como un “manifiesto corporal disfrazado de espectáculo”. Es una exploración coreográfica que parte de la postal turística y festiva de lo latino —plumas, cha-cha-chá y salsa— para, desde dentro, agrietarla, acelerarla hasta la deformación y desnudar la genealogía confusa y la herida mestiza que late bajo el brillo.
La obra irrumpe en una caja negra transformada por un telón rojo y una tarima que simula el escenario de un cabaret decadente. Este espacio es el templo de la representación. Los cuerpos, ataviados por Althía Cereceda en una diversidad de texturas (charol, vinilo, plumas) y una paleta de azules, inician un baile cuyo lenguaje oscila entre lo fluido y lo frenético. La coreografía se apropia de pasos de bailes latinos y ballroom, pero su mecanismo más potente es la repetición obsesiva de fraseos. Estos se aceleran progresivamente, no como un desarrollo hacia el éxtasis, sino como una obligación automática y agotadora. Es la inercia del espectáculo que debe continuar, un mandato que los cuerpos ejecutan incluso cuando el movimiento, por la velocidad y el cansancio, se deforma y despersonaliza. La danza deviene en un acto de resistencia y sumisión a la vez, revelando la fatiga de sostener la máscara.
La relación con lo sonoro es una coreografía de la simulación. La música grabada —ritmos tropicales, electrónica afrotropical— es intervenida por irrupciones en vivo: una intérprete canta un tema de cabaret estilo años 20, y los bailarines interactúan con los instrumentos en escena, golpeando la batería (sonido real) y rasgueando una guitarra silente. Esta polifonía entre lo pregrabado y lo performático delata la autenticidad fracturada.
El momento de mayor potencia conceptual llega con un acto de revelación lumínica. Los intérpretes, exhaustos, toman la gran tela roja que cubría la tarima. El diseño de iluminación de Rocío Hernández, hasta entonces dominado por cálidos amarillos de cabaret, cambia radicalmente: un foco de luz ultravioleta baña la tela y devela una frase oculta, una mancha escrita que el espectáculo había mantenido en secreto: “no se puede corregir a la naturaleza”. Este golpe no ilumina, sino descubre una verdad innata e imborrable que subyace a la fachada. La tela, con su mensaje ahora expuesto, deja de ser escenario para convertirse en sudario, cobija o bandera mancillada.
El vestuario de Cereceda acompaña este despojo. La obra comienza con una intérprete arrancándose las plumas, un gesto violento de desmantelar el disfraz que culmina con los cuerpos liberándose de prendas, llegando a una esencialidad vulnerable.

La comunicación emocional transita efectivamente desde la rabia efusiva y la nostalgia por un origen inasible, hasta un agotamiento existencial. La interacción entre los bailarines crea un ecosistema de complicidad tensa, donde la técnica se subordina a la verdad cruda del gesto colectivo.
En términos de originalidad, “Majamama” destaca por su coherencia estética radical. Utiliza la estructura misma del espectáculo —su repetición, sus artefactos, su crescendo— como material a deconstruir. La obra no habla sobre la herida colonial y mestiza; la encarna en su propia materia, permitiendo que el espectáculo se derrumbe para mostrar las grietas.
El resultado es una pieza agresiva y honesta. La experiencia del espectador es de una fiesta incómoda, una confrontación con los mecanismos de representación que forman la identidad. “Majamama” no ofrece respuestas, sino que celebra —con sudor y rabia— la potencia amorfa de lo impuro. Al final, tras el agotamiento del frenesí, la pregunta resonante no es quiénes somos, sino con qué herramientas, heredadas y dañinas, seguimos intentando construirnos: “¿cómo pretendes volar, si rezas con las mismas manos con las que te arrancas las plumas?”.