Teatro a Mil: “MÁM”, identidad y territorio en una intensa danza que estremece

Excesiva, abrasada y pasional es la obra “MÁM” (paso de montaña, yugo o puño en irlandés), que la compañía “Teaċ Daṁsa” (casa de la danza) trajo a Teatro a Mil 2026. Se trata de un viaje de 90 minutos de duración por las emociones de un grupo de personas vestidas de negro, que comparten en una fiesta o en una reunión social, donde amores y odios se desatan con facilidad.
Michel Keegan Dolan, fundador de la compañía y coreógrafo, parece beber de la naturaleza de su tierra -isla verde y lluviosa- al hacer convivir la danza ancestral irlandesa con sus zapateos y su contagioso ritmo, con el estilo contemporáneo y algunos atisbos de moderno.
Para lograr esa mixtura o fusión, ya que los límites se borronean, la música cumple un papel sustancial. Las concertinas que toca el músico Cormac Begley, en arreglos de canciones tradicionales y en otras de su creación, remiten al público lego a lo que guardamos de Irlanda en el inconsciente. La sabemos excesiva, desbordada, violenta y sudorosa, exaltada por la cerveza y las pasiones. La tierra del IRA y también de James Joyce, Samuel Beckett, Maggie O ‘Farrel, de Liam Neeson y de Bono. La tierra dividida en dos mundos, de protestantes y católicos, uno parte del Reino Unido y el otro a la Comunidad Europea.
En escena, 11 bailarines y bailarinas vestidos de negro; ellos con camisa blanca, pantalón y chaqueta, ellas con vestido, comparten con una niña vestida enteramente de blanco. Su atuendo de primera comunión remite a una inocencia que contrasta con las máscaras que luce todo el elenco al comienzo de la pieza, que dan un toque oscuro a los primeros momentos. Dominga, una pequeña chilena elegida por audición, asume con propiedad el rol.
¿Máscaras folclóricas o diabólicas? Un poco de ambos, ya que en Irlanda se usan desde tiempos remotos para el Samhain (origen de Halloween), donde se utilizaban para ahuyentar o mimetizarse con espíritus malignos
El elenco se instala en un escenario horizontal (diseño de Sabine Dargen), con una tarima de fondo donde toca sentado el virtuoso concertinista. Detrás de él un telón, que más adelante se correrá para dejar ver a la banda de música contemporánea Stargaze, cuyos sonidos se amalgaman con los folclóricos en un mix único.
Los telones que caen (cerca del final vuela otro) dan una dimensión de profundidad a la puesta, en contraste con la iluminación (de Adam Silverman) que colabora a las atmósferas pero no a dirigir la mirada de espectador. Los y las intérpretes están casi la totalidad de la obra al mismo nivel lumínico, por lo que son los espectadores los que deben decidir qué mirar.
No hay historia en la obra, aunque la teatralidad es fuerte en las relaciones entre los performers, que tejen microrrelatos que el espectador puede y es impelido a completar. Encuentros, rechazos, besos, brusquedad al lado de lo suave y disrupciones políticamente incorrectas como gente que fuma en escena.
En medio de la sudorosa e intensa performance, la niña deambula esquivando la coreografía. Se despoja de su vestido, zapatos y panties, para quedar en una larga enagua y a pies descalzos. Ella también abandona las formas para revelarse.
El lenguaje de movimiento es amplio, revelando bailarines y bailarinas de gran destreza técnica y un amplio registro en el área de la interpretación. Sus cuerpos giran, saltan, se unen y separan al tempo de las emociones. Su entrega va más allá del virtuosismo, más allá de las líneas, la fluidez y la limpieza; su entrega habita el ámbito de la humanidad.
Así, en 90 minutos aproximadamente, “MÁM” entrega no solo una mirada a la esencia del ser irlandés, marcada por la historia y el territorio, también ofrece una mirada profunda a la humanidad que sufre, ríe y, por supuesto, danza.

fotos Natalia Espina / TMLC / @natalia:photo