El Ballet Nacional Chileno (BANCH) abre su temporada 2026 con “De una luz a otra”, obra del coreógrafo francés Mathieu Guilhaumon en colaboración con la actriz y dramaturga Millaray Lobos. Estrenada el 17 de abril en el Teatro Universidad de Chile, con una duración aproximada de una hora, esta pieza marca el cierre de los trece años de Guilhaumon como director artístico de la compañía.
Lejos de instalarse como un gesto de cierre nostálgico, la obra se construye como un tránsito. Su estructura, inspirada en el ciclo de la luz —del alba al cénit y al ocaso—, organiza un recorrido que no busca narrar de forma lineal, sino proponer un desplazamiento progresivo en los cuerpos y en la percepción del espectador.
Desde el inicio, los intérpretes aparecen de manera individual, vestidos de azul, instalando un lenguaje más contenido y cercano a una técnica de líneas claras. Hay una relación directa con el espacio, una construcción desde la espera y la escucha, donde el movimiento se sostiene en su forma y en su precisión.
A medida que los cuerpos se acumulan en escena, la coreografía comienza a transformarse. La repetición de fraseos abre el paso hacia un estado más interpretativo, donde el movimiento deja de centrarse únicamente en la forma para desplazarse hacia la relación entre los intérpretes. Aparecen nociones de contención, cercanía y pertenencia, configurando un cuerpo colectivo que ya no funciona como suma, sino como organismo.
Las telas —azules y naranjas— emergen como una extensión del cuerpo. Son tensadas, arrastradas, envueltas y compartidas, generando vínculos físicos entre los intérpretes. Al ser dispuestas al fondo del escenario, construyen un paisaje que remite a una cordillera, fijando una imagen que dialoga con el territorio sin necesidad de representarlo de manera literal.
En paralelo, el diseño sonoro de Vicente Larroulet evoluciona. Lo que comienza con violines y piano acompañados por una percusión que pulsa como un latido, se transforma progresivamente en una presencia dominante. La percusión deja de acompañar para instalarse como motor, y con ella, el movimiento se modifica.
Los cuerpos comienzan a deformar el gesto, desplazándolo hacia una lógica rítmica y reiterativa, cercana al acto de percutir. El peso, la gravedad y el contacto con el suelo se vuelven centrales. El movimiento ya no busca solo expandirse, sino insistir, golpear, sostener una energía que se acumula.
La aparición del chinchinero —Felipe Toledo— condensa este proceso. Su entrada es solemne, su traje dorado refleja la luz. No irrumpe como un elemento externo: prolonga la lógica que la obra venía desarrollando. Su percusión expande la energía hacia un estado desbordante, donde el colectivo se alinea con ese pulso.
En este tránsito, la obra se abre a múltiples lecturas. Lo que inicia en un registro más contenido y formal se desplaza hacia una fisicalidad más rítmica y expansiva, donde la incorporación de elementos como el paisaje sugerido y la figura del chinchinero tensionan la percepción hacia un territorio reconocible. Sin afirmarlo de manera explícita, la pieza parece moverse entre distintas capas: entre lo contenido y lo desbordado, entre trayectorias que se cruzan, entre un lenguaje más estructurado y otro que se abre a la transformación.
Más que fijar una identidad, construye un viaje. Un desplazamiento donde los cuerpos transitan, se afectan y se modifican mutuamente, en sintonía con el paso de la luz que organiza la obra.
El diseño de iluminación de Andrés Poirot acompañan este recorrido, transitando entre tonalidades cálidas —amarillos, naranjas y rojos— y frías —azules y violetas—, marcando los cambios de estado sin imponerlos. El vestuario de Estudio Sago refuerza esta transformación: del azul inicial se abre hacia combinaciones que evocan el paso del día hacia la noche, sin diferenciar género y manteniendo la idea de conjunto.
Hacia el final, la obra se repliega. Queda un dúo en la parte trasera del escenario, bajo una luz rojiza. No hay cierre enfático: la luz se desvanece, y con ella, el movimiento.
“De una luz a otra” no se instala como un relato cerrado, sino como un proceso de transformación sostenido en el tiempo. Su fuerza no está en definir un significado único, sino en mostrar cómo los cuerpos son atravesados por ese tránsito, desplazándose desde la contención hacia el desborde, y finalmente hacia una disolución que deja abierta la experiencia.
foto Jacqueline Uribe, CEAC.
