El Ballet Nacional Chileno (BANCH) abrió su temporada con una despedida, aunque suene contradictorio. Matheu Guilhaumon, director artístico por casi 13 años, creó por última vez para la compañía ya que deja el cargo en dos meses más. “De una luz a otra”, que cuenta con la participación de la actriz Millaray Lobos en la dramaturgia, es un interesante viaje estructurado en un día pero que al espectador lo remite a las experiencias y emociones de una travesía vital.
La coreografía reúne todas las cualidades del coreógrafo francés: su rigurosidad métrica, su capacidad para guiar grupos y, también, esa intensidad emocional que no es desborde sino estado. Este viaje parte con cuerpos que se mueven de manera matemática y precisa, vestidos de azul e iluminados fríamente, relacionados con el espacio de forma geométrica. A medida que avanza la obra, de escena es escena, los intérpretes aumentan en número y con ello la frialdad de la forma da paso a emociones, relaciones interpersonales e interacciones,
Es más, los cuerpos que se juntan y se conectan permiten la aparición de una ritualidad atávica.
Los fraseos se reiteran con intenciones diferentes. De la suspensión absoluta se acercan a la tierra, a la contracción y el abrazo. En un momento, los danzantes utilizan telas que semejan fajas para conectarse, como en un juego infantil, sin compostura.
Esta progresión de los cuerpos es acompañada por el vestuario, la iluminación y la música. La ropa, de Estudio Sago, empieza a mancharse de naranja progresivamente elevando la temperatura de la escena. Andrés Poirot hace que la luz refuerce este paso de frío a cálido -que también puede ser del anochecer al ocaso- pasando de los azules y violetas hasta los naranjas y rojos.
El espacio sonoro, a cargo de Vicente Larroulet, es el corazón de este viaje. El inicio con piano, violín y una suave percusión de fondo, da paso progresivamente a un golpe que se transforma en una fuerza palpitante que permea cuerpos y movimientos. La aparición del chinchinero Felipe Toledo, vestido de traje dorado, refuerza el golpe además de referir directamente a nuestra identidad.
Pese a que “De una luz a otra” no es una obra cerrada ni narrativa, la secuencia de imágenes que propone puede leerse como una mirada sobre la chilenidad, además de un encuentro de idiosincrasias. La danza que se vuelve cada vez más apasionada, los vestuarios que se manchan de calidez, la pulcritud que se desordena, nos hablan de vivencias que dejan huella.
Hay citas claras, como la cordillera que bailarines y bailarinas arman en el fondo del escenario con las telas y la presencia del chinchinero, personaje que se remonta a nuestras raíces.
El elenco del BANCH se muestra afiatado y certero en los cambio que propone la obra, liderado por la maestría de Fabián Leguizamón, quien sabe ir más allá en cada movimiento e interpreta en todo el sentido de la palabra.
“De una luz a otra” es un trabajo que seduce por las muchas posibilidades que entrañan sus imágenes. La complicidad entre todos los elementos que conforman la puesta en escena develan un trabajo de dramaturgia dedicado, que da pistas pero al mismo tiempo abre caminos. Una obra arriesgada, por la travesía que refleja, que consigue el disfrute de la danza y el desafío de la resignificación constante.
foto Jacqueline Uribe, CEAC.
