Tras casi veinte años de su estreno original, el remontaje de “Dolores”, obra fundacional de Javier Ibarra en el nuevo Centro de Extensión de Teatro UdeC, se consolida como un sofisticado ejercicio de traspaso medial que piensa el miedo, el femicidio y el trauma más allá del manual clínico occidental.
Estrenada originalmente en 2007 como una pieza inicial en la exploración del terror de Javier Ibarra, la obra regresa casi veinte años después a la cartelera penquista con un elenco mixto de estudiantes de Teatro UdeC y actrices y actores de amplia trayectoria regional. Y lo hace con un traspaso medial entre el cine y el teatro que resulta sencillamente notable. La puesta en escena exhibe un oficio pulcro, exhaustivo y de una limpieza técnica rigurosa, una precisión casi quirúrgica que remite a la meticulosidad de los asesinos en serie y las psicopatías que inspiran este universo dramático.
La historia se sitúa en un hotel, espacio cargado de tradición cinematográfica, donde un “psicópata” en serie desata una cadena de femicidios no ajusticiados. La dramaturgia y el dispositivo escénico se organizan como si la obra estuviera “filmada” en una sola toma: sin saltos temporales, en un tiempo naturalista que remite directamente al género del suspenso. Las actuaciones se perciben como extraídas de la pantalla grande y colocadas frente a nosotros, invitando al público a sentirse casi como un camarógrafo que sigue, en vivo, una experiencia calculada, precisa, compuesta hasta el último detalle en vestuario, iluminación y uso del espacio del nuevo Centro de Extensión de la Carrera de Teatro UdeC.
Dentro de ese espacio, la puesta en escena explota con maestría un conjunto de elementos materiales que anclan el horror en lo concreto. Un teléfono en el centro del escenario insiste en la posibilidad —y el fracaso— de comunicarse con un afuera que nunca llega a salvar a nadie, donde la lluvia que cae y el barro que se introduce en la escena desdibujan la frontera entre interior y exterior, entre refugio y amenaza. El agua que empapa el vestuario, la sangre falsa que corre por cuchillos y cuerpos, y la figura de una niña-fantasma atravesando el espacio bajo notas de piano de terror convocan convenciones propias del lenguaje fílmico, pero aquí resueltas en vivo, con una precisión técnica y un control del tiempo que recuerdan al montaje cinematográfico más que a la escena teatral tradicional.
En este sentido, “Dolores” dialoga directamente con una cultura audiovisual del horror y true crime: de Anthony Perkins en “Psicosis” a las actuales series de asesinos seriales como Dahmer o Monster, pasando por la genealogía gótica que va de Walpole a Edgar Allan Poe y el cine de Hitchcock y Kubrick. El montaje recupera ese imaginario colectivo de cuchillos, hachas, motosierras y cuerpos vulnerados que la pantalla ha inscrito en nuestra memoria, y lo traslada al teatro desde un lenguaje atmosférico de suspenso sostenido. El miedo aquí no es solo susto inmediato: es un estado de alerta prolongado, que trabaja con el silencio, la espera y la posibilidad latente de la violencia.
Sin embargo, la propuesta no se limita a reproducir el modelo occidental clásico donde el terror se explica únicamente desde la psicología individual o la patología de un sujeto —esa tradición que lee la violencia solo desde la psique “enferma”, el trauma interior o la mente desquiciada—. Desde una perspectiva situada en el sur de América Latina, la obra abre otra vereda: la muerte, el dolor y el horror doméstico se piensan también como síntomas de un territorio herido, de vínculos familiares fracturados, de una adolescencia vulnerable en contextos donde los adultos no logran sostener afectivamente a quienes dependen de ellos.
Más que un “caso clínico”, lo que aparece es una trama de abandonos, silencios y violencias que exceden al monstruo individual y tocan una experiencia colectiva. Frente a teorías occidentales que han explicado históricamente la agresión desde el psicoanálisis o lo paranormal, este montaje sugiere un teatro de atmósfera donde lo fantástico y lo íntimo se cruzan para poner en duda la idea de hogar seguro, de familia protectora y de normalidad doméstica.
