Presentada del 25 al 28 de junio en Matucana 100, con una duración de aproximadamente cincuenta minutos, “Sillas Musicales” es una obra de danza contemporánea dirigida por Pepo Silva que toma el clásico juego infantil y lo convierte en un campo de batalla ético. En escena, la compañía Generación del Ayer —Carmen Aros, Mabel Diana y Sonia Uribe, adultas mayores que han hecho de la danza una práctica de permanencia— comparte el espacio con el actor y director teatral Rodrigo Pérez, en una pieza que no celebra la competencia, sino que la desarma desde dentro.
Al entrar a la sala, la imagen es clara: sillas apiladas, cuerpos estáticos en diferentes puntos del escenario, una penumbra que no revela del todo. Una voz femenina en off explica las reglas del juego de las sillas musicales. La explica una vez. La explica dos veces. La explica hasta que la repetición se vuelve amenaza. Es la voz del sistema —una mujer, un ángel, una autoridad— que dicta las condiciones, que interrumpe al que intenta hablar, que recuerda que hay reglas y hay que seguirlas.
Las intérpretes comienzan a moverse. No son “abuelitas bailando”. Son profesionales con trayectoria. Sus movimientos son mínimos al principio, casi gestuales, cargados de una precisión que solo dan los años de oficio. Hay una mirada, un control de la energía, una forma de habitar el espacio que no se improvisa. Sus cuerpos son distintos, pero habitan un mismo lenguaje: el de quienes han estado en la sala de ensayo cuando nadie mira.
El conflicto se instala cuando el sistema pone en marcha el juego: no hay sillas para todos. La música suena. Hay que correr. Hay que ocupar. Hay que excluir. Un intérprete (cuyo nombre no aparece en la ficha, como si la propia obra lo volviera anónimo) comienza a retirar sillas. Es la mano del sistema, el ejecutor de una lógica que descarta.
Pero ellas dicen no. No quieren jugar ese juego. No quieren competir contra sus compañeras. Rompen la estructura circular, desarman la lógica de la exclusión. No es un gesto pasivo: es una negación activa. Se mueven, corren, reorganizan las sillas, arman y desarman estructuras. Es una danza de permanencia, de resistencia a un sistema que las ha ido dejando fuera una y otra vez. La voz en off sigue hablando, pero ellas ya no escuchan.
En la mitad de la obra, uno de los vals aparece. Una de ellas lo baila. Es un momento hermoso, suspendido, como si el tiempo se detuviera para recordar que hay otra forma de estar en el mundo.
Los relatos biográficos emergen entre el movimiento. Hablan de la danza, del olvido, del cuerpo que envejece, de la vigencia de hacer lo que se ama. En un mundo lleno de sillas, igual no hay para todos. Ellas lo saben. Lo han vivido.
El diseño sonoro de Nicolás Bascuñán construye un paisaje de interferencias, pitos de espera, sonidos que tensan. La iluminación de Matías Segura y Javiera Cayupán transita entre blancos cálidos y naranjas intensos que, al final, bañan a las intérpretes mientras derrumban la estructura de sillas al fondo. No es derrota. Es derrumbe consciente. El parlante baja. Blackout.
“Sillas Musicales” no es una obra sobre la vejez. Es una obra sobre la vigencia. Sobre cuerpos que no aceptan ser descartados. Sobre la negativa a jugar un juego cruel. El público ríe a ratos —hay humor, hay ternura— pero detrás de esa risa hay una denuncia. Para quien ha hecho de la danza una vida, la obra es casi insoportable. Porque lo que se ve en escena no es solo una ficción. Es el reflejo de un futuro posible. La pregunta que queda flotando, mientras las sillas caen, es la única que importa: ¿cómo se sigue bailando cuando el sistema ya no tiene sillas para ti?
