“La dimensión desconocida”: potente versión teatral del libro homónimo de Nona Fernández

“La dimensión desconocida” es una propuesta que no defraudará a los lectores de la novela homónima de Nona Fernández. Con ella misma en la dramaturgia y su compañía La Pieza Oscura en escena, la obra teatral no solo acoge el libro sino que además le agrega capas seductoras para la imaginación de espectadores y espectadoras.
En este texto (ganador del premio Sor Juana Inés de Cruz en 2017), la escritora repasa desde su mirada -que también es la de su generación- la confesión que Andrés Valenzuela, exmiembro de inteligencia de la Fuerza Aérea y del Comando Conjunto, hizo en 1984 a la periodista Mónica González, entonces en revista Cauce. A los 28 años, el hombre se cansó del “olor a muerto” y se convirtió en el primer torturador en contar lo que sabía.
La versión teatral, dirigida por Marcelo Leonart, recoge varios aspectos del libro: existe la narración en tercera persona, los episodios más importantes, no se ilustra lo dicho (los tres intérpretes son el protagonista, por ejemplo) y se tensiona el entender si este desertor es un monstruo, un villano o un redimido.
De hecho, el título del libro y de la obra escénica alude a un programa de televisión gringo creado en 1959 y programado en la tv chilena en los 80, que llevaba a los protagonistas a lugares insólitos, de ciencia ficción o decididamente paranormales. ¿Qué dimensión es la del torturador? Una inimaginable, por cierto.
La puesta en escena es despojada y creada por la mano de Catalina Devia, en la sala A1 de GAM. Separada en tres espacios: en una esquina un televisor antiguo enfrentando al público, en el medio un comedor y, al otro lado, una locación que luego se usará para representar territorios lejanos. Un detalle no menor son muchísimas tazas con platos, en la mesa y en un costado, que se rompen y patean durante la acción. El ruido sobresalta e irrita, muy a tono con las temáticas tratadas.
Los intérpretes, Francisca Márquez, Francisco Medina y Nona Fernández, están vestidos con el atuendo asociado en el imaginario colectivo a los miembros de los servicios de inteligencia chilenos y extranjeros. Lentes oscuros, pelo corto y el terno negro con camisa blanca hacen recordar tiempos violentos.
Hay un narrador, como en el libro, que es habitado por todos los intérpretes. Así como también encarnan indistintamente a Valenzuela. De fondo está la idea del monstruo que aparece o que se esconde, el monstruo que todos tenemos, el monstruo que imaginamos cuando niños. Ese monstruo aparece de pronto y sacude a los actores trizando la escena, haciendo que veamos lo que no es evidente.
La iluminación, de Nicolás Jofré; y la música, de Dante Leonart; completan la propuesta con dimensiones atmosféricas. La sonoridad no subraya, sino que colabora a la creación de estados inexplorados por la gente común y corriente.
Un punto fuerte de la obra son las actuaciones. Los tres intérpretes llenan el espacio con su voz y su corporalidad, y consiguen transmitir tanto emoción, como brutalidad y suspenso. Hay una narración de imágenes, de fragmentos, sin más elementos que la voz, el texto y el cuerpo de los actores. Con un ritmo que no decae, la puesta fluye, estimula la imaginación, la reflexión y los sentidos.
En esta narrativa teatral hay una digresión, que llamaría pedagógica, cuando se menciona a Frankestein como ejemplo de monstruo. Se dice que pese a estar hecho de partes humanas, o sea de no ser culpable de su naturaleza, no tiene justificación para las cosas que hizo. Aunque huya al Ártico para alejarse del mal en un asomo de lucidez.
En mi visión, después de haber leído el libro y visto la obra, esta escena es innecesaria desde el punto de vista del sentido. Es inevitable que el público espectador o lector cuestione la monstruosidad de Andrés Valezuela o “el hombre que torturaba”, como lo llama Nona Fernández. ¿Es absolutamente malo? ¿Se redimió al hablar? ¿Cómo pudo ser torturador? ¿Tuvo conciencia? La discusión es importante y, sin duda, llega a las casas de los espectadores.
Además, ese momento rompe con la fluidez de la narrativa, ya que produce una pausa ejemplificadora.
Pese a lo anterior, la versión teatral de la obra “La dimensión desconocida” atrapa y hace resonar la memoria colectiva inclusive de los que no vivieron la dictadura. Respeta el libro homónimo, lo relee en otro lenguaje y pone en cuestionamiento la posibilidad de redención, el despertar de la conciencia y también el mal. Que existe, al igual que el bien.