“Manifestaciones Humanas”: el futuro que ya está en los bordes

Presentada el 7 de agosto en Espacio Vitrina, con una duración aproximada de 50 minutos, “Manifestaciones Humanas” es la nueva creación de Jayson Hernández, con la interpretación de Amaru Toro, composición sonora de Ítalo Tromo, asistencia coreográfica de Francisca Muñoz y asistencia escénica e iluminación de Javiera Fuentes. La obra se presenta como un solo de danza contemporánea de ficción que aborda la idea de otredad desde el futurismo latinoamericano, ficcionando la observación de territorios periféricos. Pero lo que comienza como un juego de ciencia ficción, un ser posthumano con inteligencia artificial que llega desde el futuro para observar las “manifestaciones humanas”, se va agrietando lentamente hasta revelar otra cosa: un viaje hacia el interior de una memoria herida, donde la pasta base, el abandono y la salud mental son las verdaderas coordenadas del tiempo presente.
Al entrar a la sala, hay humo suspendido. En el centro del escenario, en el piso, un maniquí vestido con chaqueta reflectante y lleno de dispositivos tecnológicos, joysticks, controles, cables, ocupa el espacio como una figura suspendida entre la vida y la máquina. A su alrededor, un proyector, y junto a los asientos del público, distribuidos estratégicamente, hay botellas, una riñonera y un CD. La disposición de las sillas alrededor del escenario, en un galpón acondicionado, anuncia que la intimidad será parte del pacto. No hay distancia: estamos dentro.
El intérprete ya está en escena cuando el público ingresa. Vestido con traje negro, camisa blanca y un gorro con orejas que evoca las máscaras de La Tirana, una reinterpretación de esos diablos andinos que bailan entre lo sagrado y lo pagano, permanece inmóvil. Un visor cubre su rostro. Es un cuerpo que espera. Que ya está siendo observado.
Las luces cálidas de la sala cambian a azules. El intérprete comienza a moverse lentamente, primero en el lugar, luego desplazándose por el espacio. Sus movimientos son robóticos, precisos, similares al popping, fragmentando el cuerpo, como si la máquina y el hombre estuvieran negociando quién controla el gesto. Se quita el visor. Se saca la chaqueta negra, la pone sobre el maniquí y toma la chaqueta reflectante, vistiéndola. Es un acto de intercambio: el cuerpo cede su piel al maniquí y toma la del futuro.
Una voz en off, fría y distante, comienza a hablar. Pregunta de dónde viene. Él responde. La voz dice que estamos en 2026. Él viene del futuro, unos 400 años adelante. La voz le pregunta cómo es el futuro, si existen las emociones, si se enamoran, si hay música. Parece un juego. El intérprete, ahora sin visor y con la chaqueta reflectante, interactúa con el público. Pregunta. Responde. Hay humor. Hay complicidad.
Luego se mueve hacia los objetos distribuidos junto al público. Toma la riñonera y la vacía: de ella caen un montón de objetos al piso, que luego recoge con cuidado. Cada objeto es un fragmento de una historia que comienza a armarse. Y ahí, en ese movimiento, la obra cambia de registro. Ya no es un juego. Es un cuerpo que empieza a recordar.
La danza de Amaru Toro es fluida, angular, explosiva. Su cuerpo transita por el espacio con una energía que oscila entre la contención y el estallido. Corre, rueda, cae, se sostiene, alcanza, se desborda. Hay pausas que pesan. Hay un uso del espacio que mapea el territorio íntimo: diagonales largas, cambios bruscos de dirección, momentos de quietud que parecen absorber todo el sonido. El cabello largo, cuando se suelta, se convierte en un elemento más del movimiento, una extensión del gesto, una estela que persiste cuando el cuerpo ya se detuvo.
La voz en off, mientras tanto, sigue hablando. Ya no es solo una voz curiosa. Es un sistema que observa, que clasifica, que dicta las condiciones. Pone música: una playlist ritmos latinoamericanos y melodías nortinas. El intérprete baila. También habla. Cuenta su historia.
Un cuadrado en el centro del escenario proyecta una imagen del cielo. Es una ventana hacia otro lugar. El intérprete toma una linterna y proyecta la luna. La imagen se superpone a la proyección del cielo. Es un gesto mínimo, pero carga todo el peso de la obra: la necesidad de crear un horizonte cuando el territorio está cercado.
La obra nunca resuelve su ambigüedad. No sabemos si el intérprete viene realmente del futuro, si es un alucinado por la pasta base, si está atrapado en un estado mental que confunde el presente con el recuerdo. Tampoco importa. Esa indefinición es la estrategia. La obra no ofrece respuestas porque no hay respuestas fáciles: la droga que entró en dictadura y nunca se fue, el abandono estatal hecho sustancia, los barrios que el sistema no ve, los cuerpos que resisten.
El humor aparece en varios momentos. El público ríe. No es una risa de alivio, sino una válvula. Es el mecanismo para no colapsar frente a lo que se está viendo. La interacción con el público hace que la sala se convierta en parte de la ficción: somos testigos.
La música nortina, la chaqueta reflectante, el gorro de la Tirana, los objetos de la riñonera, las botellas, el CD, el polvo de jugo derramado en el piso, todo es material de la memoria. No hay escenografía en el sentido tradicional. Hay objetos que se convierten en símbolos a medida que la obra avanza. El ruco que se construye con lo que hay. La vida que se arma con lo que sobra.
Hacia el final, el intérprete se va con un blackout. No hay resolución. No hay cierre. La obra simplemente deja de ocurrir. Esa ausencia de final es otro gesto político: las historias de la periferia no tienen final feliz. Siguen ocurriendo, aunque nosotros dejemos de mirar.
“Manifestaciones Humanas” es una obra sobre el futuro, pero el futuro no es un año específico. El futuro es el ruco que sigue en pie. Es la pasta base que sigue circulando. Es el cuerpo que sigue bailando a pesar de todo. Es la pregunta que la obra deja flotando, mientras el humo se disipa y el público abandona la sala: ¿de qué futuro venimos si el presente ya es una ruina?

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