“Orinoco” es una distopía que sucede en el futuro, seguramente no tan lejano, cuya seductora puesta en escena transita entre la intensidad emocional de los protagonistas unida a su historia, la narración al estilo cinematográfico -con música ad hoc- y un trasfondo feminista inobviable.
La obra surge de una idea de Pablo Muza, quien forma parte del elenco, concretada en la dramaturgia de Iván Fernández. A ellos se suma la dirección de Marcelo Leonart (La Pieza Oscura) además de Felipe Zepeda y Susana Hidalgo en la interpretación.
En el mundo de “Orinoco”, ubicado en Calama, no hay agua. Y por lo tanto tampoco seres vivos. Los dos únicos que quedan son dos hermanos, en el subterráneo de la empresa Stockan: Olmos (Muza), gásfiter; y Roger (Zepeda), guardia de seguridad. Ambos trabajadores del lugar que aprovecharon su posición para encerrarse en una especie de bunker.
Ellos viven una crisis profunda, ya que no hay comida y afuera asola lo desconocido. Están perdidos, y los saben. A esto se suma la muerte de Lorena, una mujer que apareció en sus vidas detrás del sueño del agua. Olmos quiere comerse el cadáver, ante el espanto de su hermano.
En la tensa relación entre los hombres se abrirá un abismo más cuando se inmiscuya Laura, o kanishi (hormiga), en su lugar seguro. Ella era pareja de Lorena y es una de las llamadas grietas, mujeres que saben el secreto del agua, que saben dónde queda ese lugar mítico que llaman Orinoco.
Rápidamente la brutalidad de Olmos choca con Laura y pone en guardia a Roger. Los únicos tres seres humanos en medio de la catástrofe no pueden convivir, son demasiado diferentes: en Olmos aflora el egoísmo desatado, Roger evidencia su fragilidad y Laura tiene una misión que va mucho más allá de todos ellos.
El espacio donde trascurre la trama es una instalación escénica a cargo de Nicolás Jofré (diseño integral), compuesta por decenas de bidones de agua vacíos que cuelgan del techo y otras botellas pequeñas diseminadas por el suelo. La iluminación crea la atmósfera de un bunker, donde la luz no entra y la penumbra determina la acción.
A través de un ritmo sin pausas, Leonart consigue que el texto atrape en la medida que las palabras abren las profundidades -capa tras capa- de lo que sucede al trío protagonista. Felipe Zepeda y Susana Hidalgo encarnan a personajes intensos, dolidos, movidos por búsquedas personales; en tanto, Pablo Muza da vida al desagradable Olmos, con una kinética que sorprende y agrega sutilezas a su construcción.
Los tres intérpretes navegan muy bien en sus roles, con registros asertivos y la energía claramente enfocada.
En el rápido devenir de los sucesos, juega un papel fundamental el diseño sonoro y la música de Alejandro Miranda. La sonoridad da una carácter de épica cinematográfica a la puesta en escena, instalápandola en un lugar poco usual en la cartelera santiaguina.
Drama, acción, distopía, amor, humanidad frágil y vulnerable…más un tono cinematográfico que atrapa. Una obra que hay que ver.
Hasta el 2 de agosto en el Teatro la Memoria
fotos Maglio Pérez
