Presentada entre el 13 y 22 de marzo en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), con una duración aproximada de una hora, “HERES” es una propuesta escénica que lleva la danza urbana contemporánea a un territorio inusual: la indagación sobre cómo el patriarcado se inscribe en los cuerpos y determina nuestras formas de relacionarnos. Bajo la dirección y coreografía de Nicolás Cancino Rebolledo —reconocido bailarín y Campeón Nacional de Red Bull Dance Your Style 2022— la obra reúne a Lucas Carter, Mónica Casanueva, Nicolás Cheuquepan, Loló Leiva, Javiera Martínez, Víctor Morales, Paula Castro, Valentina Alarcón y Rubí Meléndez, intérpretes provenientes de territorios y contextos diversos que transforman su historia personal en material escénico. Con producción general de Ximena Bastías Abarza, producción musical de Macrodee, iluminación de Fernando Vidal Solis, vestuario de Javiera Labbé Carvajal y diseño integral de Katherine Maureira Álvarez, la obra se presenta como un manifiesto corporal donde el hip-hop freestyle, el popping, el locking, el waacking y el voguing dejan de ser exhibición técnica para convertirse en herramienta de deconstrucción.
La sala en penumbra recibe al público. Desde los costados inferiores, luces anaranjadas y cálidas emergen en diagonal, construyendo una atmósfera de callejón nocturno, de espacios marginales donde el cuerpo se define por sus tensiones. Los intérpretes aparecen de a uno, en una entrada que no es saludo sino irrupción. Sus cuerpos —vestidos por Javiera Labbé Carvajal con ropa urbana, ancha, de colores y estilos diversos que los individualizan sin fragmentar el conjunto— despliegan desde el inicio un lenguaje que mezcla lo angular y lo fluido, lo explosivo y lo contenido. Los estilos se cruzan en una sintaxis de gestos que nacen de la memoria encarnada.
La coreografía se organiza en episodios reconocibles —”el saludo”, “el juego”— que exponen microviolencias normalizadas desde la infancia. En ellos, los cuerpos exageran la fuerza asociada a lo masculino y llevan al extremo los gestos codificados como femeninos, revelando el carácter performativo de los mandatos de género. Los movimientos son excesivos, deliberadamente incómodos: una mano que se extiende para saludar se vuelve presión, un juego infantil deriva en dominación. No hay sutileza, porque la sutileza es precisamente lo que la obra desmonta.
El punto de inflexión llega con una risa que perfora la atmósfera. Una intérprete comienza a reír de manera enloquecida, forzada, como si la risa fuera una obligación que el cuerpo ya no puede sostener sin grietas. Es el sonido de alguien que se ríe porque debe hacerlo —esa carcajada mecánica que se asemeja al estado de quien ya no controla el propio cuerpo. Una a una, las risas se contagian entre los intérpretes, como un virus que expone la fisura en la máscara social. En la sala, el contagio opera de otro modo: la mayoría del público ríe con complicidad, tomando el momento como un respiro cómico. Lo que en escena es grieta y desmoronamiento, en las butacas se vive como catarsis. Esa disyunción —entre lo que los cuerpos exponen y lo que el público recibe— se convierte en una pregunta incómoda: ¿cuánto de nuestra propia actuación cotidiana se parece a esto, y cuánto de nuestra mirada está entrenada para no distinguirlo?
La luz baja al mínimo. Humo suspendido en el piso, desde el costado inferior delantero. De la penumbra emerge una intérprete envuelta en plástico, solo en ropa interior, con el torso expuesto. Su presencia es a la vez frágil y desafiante. Dos intérpretes se acercan; sus movimientos parecen los de una sesión fotográfica forzada, una observación que roza el acoso. Ella permite el contacto, pero su cuerpo delata la incomodidad. No hay violencia explícita; hay algo más inquietante: la normalización de la mirada que posee, del gesto que se permite porque el poder lo autoriza.
De pronto, una explosión de papeles brillantes cae desde el cielo, como si el espacio estallara en una fiesta que nadie pidió. Es un momento de celebración impostada, un último destello de la máscara antes de que todo se desmorone. Entonces, la tela celeste que ha permanecido suspendida sobre los intérpretes durante toda la obra cae finalmente. Algunos se esconden tras ella; otros la usan para envolverse, para desaparecer. Uno de los intérpretes, en un estado que oscila entre la furia y el desmoronamiento, se despoja de su vestuario. No es un strip tease; es un arrancarse una capa que oprime, que aprisiona. El gesto es ritual, casi religioso: liberarse de lo que ha sido impuesto sobre la piel. El blackout corta la acción en seco, dejando la pregunta suspendida en el aire.
“HERES” despliega su potencia en la tensión entre el lenguaje de la danza urbana y una dramaturgia que no teme exponer las grietas. La creación musical de Macrodee —hip hop y electrónica que vibran en los bajos— no acompaña, sostiene la tensión emocional con la misma crudeza que los cuerpos en escena. La iluminación de Fernando Vidal Solis, con sus tonos anaranjados y azules que delinean el espacio como un callejón, convierte la caja negra del GAM en un territorio donde lo íntimo y lo público colapsan.
No es una obra que busca gustar; busca incomodar en la dirección correcta. Al exponer cómo el patriarcado se inscribe en el cuerpo —en los gestos cotidianos, en la risa obligada, en la mirada que posee—, HERES se pregunta, sin ingenuidad: ¿qué tipo de cuerpo somos capaces de habitar cuando las máscaras caen? ¿Y qué hacemos con la incomodidad de reconocer que esas máscaras, por más opresivas que sean, también nos han sostenido?
Al final, cuando los papeles brillantes de la fiesta impostada aún flotan en el aire y la tela cae sobre los cuerpos, lo que queda no es una respuesta, sino una evidencia: que el arte urbano contemporáneo puede ser también un espacio donde se diseccionan las violencias que hemos normalizado hasta volverlas imperceptibles.
