En el marco de la Temporada 2026 del Departamento de Teatro de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile la compañía Reinacaballo Teatro presentó en el mes de junio en la sala Agustín Siré la obra “Cadáver de Dios”, escrita por Cristóbal Cartes y dirigida por Marco Espinoza Quezada. Más que asumirse únicamente como una “comedia filosófica y crítica”, la pieza se instala como un lugar interseccional donde se cruzan la ciencia ficción, el humor retrofuturista, el melodrama medieval y las disidencias sexo-afectivas, haciendo convivir registros y códigos narrativos que habitualmente no comparten escena. La composición de la obra se organiza por yuxtaposición más que por continuidad lineal, donde los elementos dispares de acción se ponen en tensión dentro del texto dramático compartiendo solo coordenadas espacio-temporales. Así, un convento que nunca vemos, la casa de Merlín que desconocemos y una nave espacial que no aparece en la acción desplazan el foco hacia la pura relación entre los cuerpos, los materiales y las tecnologías en escena.
La puesta en escena expone de manera frontal su artificio al configurar la sala como una caja teatral “a la antigua”, con bastidores recortados de árboles que representan el bosque y planos cuya estructura se deja ver intencionalmente. Este gesto devela la ficción de un teatro de oficios, abriendo un espacio de ensoñación y laberinto de pasiones más que de mímesis realista. En este entorno circulan personajes cercanos a la comedia, reconocibles y tridimensionalmente muy bien constituidos desde actuaciones que dialogan con caracterizaciones y prototipos clásicos: dos monjas españolas que escaparon de un convento y el mago Merlín habitando un bosque. El contraste radical surge con la irrupción de un cuerpo alienígena visitante.
Este cadáver dorado, fuertemente referenciado en una estética queer contemporánea con zapatos de plataforma y malla de drag queen, funciona como un “cuerpo otro” que desordena de inmediato la iconografía religiosa medieval. El cruce entre el diseño escenográfico y el vestuario de Pedro Gramegna instala un horizonte visual sci-fi y marcadamente camp —esa estética basada en la ironía, el artificio y la exageración donde lo teatral y lo extravagante se celebran—. De esta forma, lo clásico y lo popular se contaminan mutuamente, haciendo que la sorpresa del argumento tuerza la historia y sostenga la tensión dramática a través de juegos internos, voces en off y monólogos reflexivos bajo luces cenitales. Así, el universo escénico se instala en una narrativa más cercana a las series modernas, donde la tensión es provocada por elementos visuales asociados a la argumentación y a sus sorpresivos giros argumentales o plot twists, los cuales reorganizan y resignifican los hechos anteriores de forma inesperada.
Es ahí que, dentro de las interpretaciones, destaca el notable trabajo y ritmo de ambas monjas, además del personaje de Merlín, quien quiebra la cuarta pared. Al tener contacto con el alien, el mago recibe telepáticamente la historia de la humanidad, desencajándose por completo al no comprender dicho contexto. Esta revelación se potencia con el diseño audiovisual de Mario Vernal, cuyas proyecciones en video siguen, como una cámara en vivo subjetiva, a Merlín en el contexto inmediato y real del Parque Forestal y en los alrededores de la misma sala Agustín Siré. Esto genera una mediación lógica entre el tiempo de la obra, el tiempo escénico, el tiempo cronológico y el tiempo del personaje. Al entrar en conflicto todo este conocimiento adquirido con la realidad y su propio presente histórico, se rompe una lógica temporal más.
El giro más rotundo ocurre con la aparición de una segunda entidad alienígena, momento en que la obra rompe absolutamente sus paradigmas para entrar en un espectáculo de ciencia ficción absurdo, pero fascinante. En este tramo, que entra de lleno en una esfera digna de RuPaul’s Drag Race, las entidades doradas y disidentes hablan en un idioma desconocido que los personajes traducen de forma sincronizada en escena, reflexionando sobre su relación con la historia humana.Este ingenioso giro dramático y su resolución cómica conectan directamente con discursos actuales y secretos del universo que suelen ser recurrentes en películas y series norteamericanas —como lo último de Spielberg—, pero que aquí adquieren una frescura particular.
La dirección de Marco Espinoza Quezada aporta una gran claridad al articular estas diversas discursividades y estéticas. Lejos de tratar el material como una simple parodia, “Cadáver de Dios” dispuso sus herramientas para proponer una comedia de ciencia ficción para adultos con una salida política y radical: si este mundo ya no ofrece un lugar habitable, la única solución aparente es irnos a otro universo donde sea posible besarse libremente para vivir el amor sin castigo, ser respetadas y habitar la diferencia como un derecho. Al parecer, la obra en sí misma nos recuerda la importancia de no perder el humor, especialmente en momentos conservadores y autoritarios como los actuales en el mundo y también en nuestro país.
