“Velocirraptors”, escrita y dirigída por Andrea Franco y en cartelera en el GAM hasta este fin de semana, llama la atención con un tema muy contingente: la rebelión de un trío de mujeres de la tercera edad, a partir de la energía que reciben de un eclipse. Discriminación de género y edad se convierten en un gancho atractivo, más la promesa de usar cumbia psicodélica y trap.
Sin embargo, la dramaturgia no logra articular las diversas aristas de la problemática e incluso hace decir a una de las protagonistas que hay que convocar las “ancianas” de 60 años, cuando esa edad, hoy, está lejos de representar ancianidad. A lo que aspira el movimiento femenino es que no se discrimine por arrugas más o menos, y que todas las mujeres mayores puedan ser como la española Ángela Molina (70 años).
La propuesta se desvía de su promesa original, haciendo coincidir la revolución de las mayores con guiños al estallido, a la tortura y al abuso de poder de las llamadas fuerzas de la ley y el orden. Esto relega las demandas de género y etarias a un segundo plano, y se cae en un discurso repetido sin la óptica de las viejas.
¿Qué rol cumplieron las mayores en el estallido? ¿Qué humillaciones sufren a diario por el sistema? Podrían ser preguntas interesantes de responder.
Sus protagonistas, Andrea García Huidobro, Andrea Ubal y Gabriela Aguilera, concentran la atención de espectadoras y espectadoras. Caracterizadas como mujeres mayores, en un estilo más bien expresionista, dan cuenta de una energía y de una fuerza femenina arrasadora, que conecta profundamente con la promesa de la obra.
Cada una le pone a su vieja algún detalle: la voz y la manera de caminar de Andrea García Huidobro, la actitud más sumisa del personaje de Andrea Ubal y el desparpajo de la vieja de Gabriela Aguilera. Pelucas, voces cascadas y maquillaje hacen el resto.
Estas señoras se toman un supermercado, donde el nieto de uno de los personajes trabaja como guardia (Juan Pablo Larenas). Por supuesto, las viejas lo reducen, lo desnudan y lo amarran. En medio de las peripecias que viven en el super, aparece otro personaje, caracterizado por Monserrat Estévez: se trata una aparición fantasmal, una adulta mayor que asea el espacio y que introduce el elemento surrealista.
¿Existe o no? ¿Murió congelada? Esta mujer puede representar la sumisión del trabajador y, sobre todo, de la trabajadora, seguramente jefa de hogar hasta la ancianidad.
Otro punto fuerte que tiene la obra es el diseño, de Manuel Morgado, un espacio totalmente vacío con un fondo con una cortina de plástico donde también se proyecta un video cuando las abuelas hacen un Live. Lamentablemente no es en vivo, por lo que en el video se ven con ropa distinta a la que tienen puesta en escena.
Hay solo una canción que cantan y bailan todas, pero que resulta escasa, así como también los testimonios de vida de estas mujeres protagonistas. El humor es negro, y funciona, pero falta darle más carne. ¿Quiénes son ellas? ¿qué padecen? ¿a qué quieren rebelarse y por qué? Hay atisbos, pero se echa de menos más concreción y menos generalidad.
