Como sugiere el título, “La reunión” no es simplemente un encuentro entre colegas ni una conversación protocolar entre figuras del poder: es una reunión de poderes, de valores, de éticas en conflicto, de injusticias y abusos, de imperialismo, pero también de pasiones y dudas posibles. Dos personajes que cambiaron el curso de la humanidad —Isabel la Católica y Cristóbal Colón— se enfrentan en escena cargando sobre sus cuerpos la responsabilidad de haber saqueado y sometido un continente entero.
La experiencia comienza antes de entrar a la Sala Antonio Varas: llegar al centro de Santiago un viernes, cruzar el tráfico frente al Palacio de La Moneda instala la obra en un mapa urbano y político concreto. En ese contexto, el escenario se despliega como un espacio enmudecido, con bordes blancos que recuerdan escenografías de Jean Cocteau, donde la imagen se multiplica y replica, tal como se multiplican las figuras de Isabel y Colón. No hay solo una reina ni un solo navegante: la puesta en escena propone una voz coral, con alrededor de diez Isabeles y cinco Colones que se entregan el texto de boca en boca, generando una suerte de posta discursiva que desarma la idea de un único héroe o villana.
El dispositivo coral se apoya en una visualidad que aprovecha la altura del teatro para sugerir, de manera sutil, el espacio de un palacio imperial: arcos de medio punto o estructuras que remiten al imaginario del poder europeo. El vestuario mezcla elementos de época con chaquetas de cuero contemporáneas, especialmente en algunas versiones de Colón, desdibujando la cronología y acercando la figura del colonizador al presente. Las coronas en cada una de las Isabeles refuerzan la decisión de distribuir el poder en múltiples cuerpos femeninos, subrayando cómo el personaje de la reina se desdobla en diferentes estados y voces.
Desde su dramaturgia, la obra propone un diálogo feroz entre Isabel y Colón: ella manda apresarlo por los excesos cometidos en las “nuevas tierras”, él se defiende pidiendo que le devuelva el poder para gobernarlas y justificando sus actos en nombre de la corona y de la expansión de la fe. Ambos intentan limpiar su nombre culpando al otro, mientras se revela la maquinaria de conquista que implicó asesinar, evangelizar y despojar un continente entero para beneficio del reino español. En esa disputa, la figura divina se encarna en una mujer, y el hombre aparece como instrumento de su poder, lo que tensiona los imaginarios de género y desplaza el foco de las masculinidades tradicionales.
La escritura de Trinidad González combina un lenguaje metafórico y poético con momentos de gran contemporaneidad en la forma de hablar, haciendo que estos personajes históricos parecieran cercanos a los discursos de políticos y empresarios actuales. A través del humor y el drama, la obra deja entrever la intimidad entre dos poderosos que sienten el derecho de decidir el destino de otros, visibilizando su ambición, arrogancia y violencia. No se trata sólo de revisar el pasado, sino de evidenciar cómo las élites siguen repartiéndose decisiones que afectan la vida de pueblos enteros, mientras el resto queda fuera de la reunión.
Entre las actuaciones destaca la presencia de Catalina Caro como Colón, que refresca con profundidad los textos y complejiza la figura del colonizador, así como Ignacia Gutiérrez, una Isabel que, en uno de sus monólogos, se declara
“todo: cada ser, territorio y persona”, llegando incluso a decir “soy África”. Ese gesto expande el personaje más allá de la historia española y lo convierte en una figura omnipresente que condensa el horror del poder y la ambición de poseer territorios y cuerpos. A medida que avanza la obra, los palacios simbólicos de Isabel y Colón se van corroyendo, mostrando la miseria ética detrás de la grandeza imperial.
Un elemento que aporta un respiro dramático y una capa adicional de sentido es la aparición de un niño-ángel de la muerte, huérfano de padres muertos en la guerra, que viene a buscar la vida de Isabel. Después de casi cincuenta minutos de tensión dialogal constante, su presencia abre otra dimensión de la violencia: no sólo las decisiones abstractas del poder, sino las vidas concretas que se pierden. Ese tránsito conduce al monólogo final de Isabel, sobre tierra traída desde América a España, donde se vuelve a discutir la culpa, la posible inocencia de la reina al “proteger” a los indios y la figura de Colón como anti-héroe sin redención.
Esta cuarta versión de “La reunión”, estrenada originalmente en 2012 y trabajada internacionalmente, se presenta ahora con un elenco joven de la Universidad de Chile, lo que le otorga frescura y urgencia. Para la directora, volver al texto implica olvidar lo ya hecho y reimaginar la obra junto a una generación diferente, con todas las ganas de salir al escenario. Ese trabajo se percibe en la atención al detalle y en los estados de cada una de las interpretaciones, notoriamente cuidadas por Trinidad González, en especial en los momentos más dramáticos y de clímax de las múltiples Isabeles.
En tiempos en que Chile sigue revisitando sus propias heridas coloniales y disputando la memoria de sus pueblos, esta obra ofrece una mirada crítica y afectiva sobre el poder, el imperialismo y las voces jóvenes que hoy se atreven a reescribir la historia desde el escenario.
