“Panthalassa, prismas de navegación”: el mar como territorio interior

Presentada en CEINA, con una duración aproximada de 50 minutos, “Panthalassa, prismas de navegación” es la nueva creación de Nuri Gutés, con los intérpretes Kevin Magne, Alexandra Mabes, Mabel Olea, Ámbar Habib, Pascal Schuk y Alejandro Cáceres. Inspirada en el mar como horizonte de búsqueda, la obra propone un viaje donde el movimiento se convierte en una forma de explorar los paisajes interiores. Más que narrar una historia, la invitación es a una experiencia sensorial donde la danza dialoga con las artes visuales de Sebastián Maquieira, cuyas obras se integran al lenguaje coreográfico para dar forma a un paisaje escénico que evoluciona junto a los intérpretes. Completan la propuesta la música de Héctor Quezada y Nuri Gutés, la iluminación de Fernando Solís y el vestuario de Mauro Núñez.
La obra comienza en la oscuridad y la espera. Luego una luz suave, casi tímida, y los intérpretes ingresan de a uno, lentamente, como si el escenario fuera una orilla y ellos estuvieran emergiendo de ella. Cada paso es un reconocimiento del territorio.
Entonces la explosión. El movimiento irrumpe. Los cuerpos se lanzan al espacio con una energía que desborda. Corren, saltan, ruedan.
Un intérprete sube a la rampa que se alza al fondo del escenario, arrastrándose, rodando, hasta quedar suspendido en la contemplación. Una luz amarilla tiñe la pared del fondo y parece hipnotizarlo. Es un momento de quietud en medio del vértigo
La danza de los intérpretes es fluida, angular, explosiva. Hay algo de animal en el movimiento: un peso que se entrega al suelo, un impulso que se lanza sin red, una caída que es continuación. Los cuerpos transitan por el espacio en diagonales largas y trayectorias curvas, ocupando todos los niveles. El uso del espacio es generoso. Cada zona del escenario es habitada como si fuera un ecosistema.
Los dúos y tríos construyen arquitecturas de confianza. Un cuerpo se inclina hacia otro, se sostiene, se abandona. En los unísonos no hay sincronía perfecta, sino un pulso común que late en cada uno con ligeros desfases, como si la misma corriente los moviera, pero cada cuerpo la interpretara a su manera. Es una danza que parece nacer del mismo impulso, pero cada intérprete lo filtra desde su propia historia corporal.
El paisaje sonoro, compuesto por Héctor Quezada y Nuri Gutés, es una capa más de la experiencia. Sonidos pulsantes y metálicos se mezclan con piano, violín y voces. El agua, las aves, las olas aparecen como texturas que envuelven el espacio sin imponerse. No hay una sincronía literal entre movimiento y sonido, sino una correspondencia más profunda: la música respira con los cuerpos, los cuerpos respiran con la música.
Un remo gigante desciende desde el cielo, una presencia que se integra al paisaje. Los intérpretes interactúan con él, lo rodean, lo tocan, lo usan como extensión del gesto. Es un objeto que podría ser herramienta, podría ser símbolo, podría ser recuerdo. La obra no lo explica. Lo deja ahí, como el mar deja las cosas en la orilla.
El vestuario, diseñado por Mauro Núñez, transita entre lo moderno y lo antiguo. Colores cálidos —rojos, tierras—. Ropa de campesinos o pescadores de un tiempo suspendido. No es una reconstrucción histórica. Es una evocación: un guiño a un tiempo que ya no existe pero que persiste en la memoria del gesto.
La iluminación de Fernando Solís construye un mundo de claroscuros. Luces frías, blancas, cianes y azules predominan, creando una atmósfera que remite a la profundidad del mar o a la inmensidad del cielo nocturno. Solo la luz amarilla que se refleja al fondo, sobre la muralla, rompe la paleta fría. Es un punto de calor en medio de la distancia. Un lugar hacia donde mirar.
Hay momentos de contención, de extrañeza, de sensualidad. La obra no impone una emoción única, sino que permite que cada espectador encuentre la suya.
Hacia el final, bajan tres remos más, los intérpretes siguen interactuando con los elementos y la luz se va. Los intérpretes toman agua. Se abrazan. Hay un momento donde la ficción se disuelve y vuelven a ser personas. El viaje ha terminado. Los cuerpos recuperan su ritmo cotidiano, la respiración se calma, los gestos se vuelven simples otra vez. Cuando los intérpretes han salido y el espacio queda vacío, lo que persiste no es un mensaje, sino una sensación. La de haber atravesado un territorio que no está en el mapa, pero que se siente familiar.

“Panthalassa, prismas de navegación” no cuenta una historia sobre el mar. Es el mar convertido en movimiento. La obra se despliega como un paisaje que se transforma, que se pliega y se despliega, que avanza y retrocede como las olas. No hay una trama que seguir, sino una corriente en la que dejarse llevar.