“GAYMALE”: identidades en crisis en la era de Tik Tok

“Gaymale” es una obra profundamente estimulante. La experiencia resulta fascinante en la medida en que pone en escena a una generación completamente mediada por pantallas. El montaje evoca de inmediato a Jean Baudrillard y su noción de la “pantalla total”, en tanto evidencia cómo nuestra relación con el mundo ha sido progresivamente intervenida por los medios, dando lugar a lo que podríamos llamar “ternuras mediadas” y a formas de vínculo cada vez más complejas y estratificadas.
En esta línea, como espectador, leo la obra a la luz de Max Weber: la burocracia como forma de control técnico reaparece hoy en algoritmos e inteligencias artificiales que modelan nuestras interacciones, mientras la autoridad carismática se actualiza en influencers cuya legitimidad se basa en la performatividad de lo personal. En este ecosistema, los afectos se mercantilizan y la identidad se vuelve métrica —likes, seguidores, visualizaciones—. A la vez, su tipología de la acción social permite comprender conductas tensionadas entre la autopromoción estratégica y la expresión afectiva inmediata propia de las redes. En conjunto, la obra articula un agudo diagnóstico sobre cómo las identidades se construyen, se diluyen y se confrontan en un presente en constante TRANSformación.
Con todo, uno de los mayores aciertos del montaje es que no impone estas lecturas, sino que invita a habitarlas. La reflexión se ancla en la intimidad: en la cama, espacio donde se entrelazan afectos, conflictos, rutinas y deseos. Es allí donde emergen preguntas sobre el amor, el dolor, el descanso y la vida cotidiana. Se trata de inquietudes que se han agudizado desde la pandemia, pero que aquí encuentran una traducción escénica particularmente precisa. La dramaturgia apuesta por lo cotidiano —el slang, el chilenismo, las discusiones de pareja— como vía de acceso a problemáticas de mayor densidad.
El relato se sumerge sin pudor en las texturas de la convivencia más cruda y doméstica, hablando abiertamente de los dolores, la casa, los gases, los malos olores, la menstruación, la masturbación en pareja y esa cotidianeidad habitada en ropa de training sin ir jamás al gimnasio ni hacer deporte, todo transcurriendo sobre una cama siempre desecha.
Esta apuesta se materializa en un dispositivo escénico significativo: una gran cama que organiza el espacio y que, en diálogo con las proyecciones de teléfonos y las luces de aros de influencer, configura un entorno donde todo parece devenir superficie. El movimiento de los cuerpos —incluso por debajo de la cama— refuerza la sensación de habitar una suerte de pantalla expandida, líquida, donde las interacciones humanas y no humanas aparecen inevitablemente mediadas, y donde la identidad se presenta como un territorio en permanente fractura.
Desde este cuz de teoría y cotidianidad, la obra —escrita y dirigida por Antenor Allendes— sigue a una pareja heterosexual enfrentada a un punto de quiebre cuando uno de sus integrantes inicia su transición de género. Este proceso implica un desplazamiento en la percepción social y afectiva del personaje, pasando de ser leído como mujer a ser reconocido como hombre. La transformación no solo tensiona el vínculo, sino que desestabiliza las categorías que lo sostenían: la relación se desplaza de lo heterosexual a lo homosexual, obligando a ambos a revisar sus propias identidades y marcos de comprensión del deseo.
Surge así la pregunta central: ¿qué ocurre cuando la identidad de la pareja se transforma y, con ella, el lugar desde donde se construye el vínculo? La obra abre un campo de reflexión sobre masculinidades y feminismos entendidos como espacios de exploración más que de fijación. En este contexto, aparecen elementos como las redes sociales, las prácticas sexoafectivas no normativas, la convivencia urbana en Santiago y las condiciones materiales de existencia —dinero, trabajo, precariedad— como factores que inciden directamente en la configuración de los vínculos. Se dibuja así un ecosistema donde la vida más que humana —atravesada por objetos, dispositivos y economías— configura relaciones profundamente mediadas.
En este paisaje, TikTok emerge como un archivo afectivo contemporáneo, casi una “biblia” de la identidad, que promete un espacio de expresión democrática, pero que al mismo tiempo regula y condiciona lo visible y lo decible. La obra captura con precisión esta ambivalencia.
Para organizar esta densidad, la puesta introduce un personaje que opera como coro contemporáneo: una figura que oscila entre conciencia, terapeuta y coach, y que, al modo brechtiano, rompe la ilusión escénica para reinstalar la experiencia en el presente compartido del teatro. Destaca en este rol la interpretación de Luna Von Appen, cuya presencia articula el eje reflexivo del montaje y sostiene con fuerza el cierre de la obra. En su voz resuena la cita de Dominique Jackson —“No pido tu tolerancia ni tu respeto, lo exijo”—, que sitúa la discusión en un plano político, recordando que estas problemáticas no son abstractas, sino urgentes y contingentes.
En paralelo, la dirección audiovisual de Ramón Poveda expande el dispositivo escénico mediante un uso preciso del video, generando un contrapunto entre imagen y cuerpo presente. Este recurso se vuelve especialmente significativo en el trabajo de Bastián Oloff, donde la relación entre representación e identidad se complejiza en escena, mientras que el elenco, incluyendo a Rebeca Henríquez, sostiene con solidez la intensidad del relato.
Finalmente, la estructura fragmentaria —organizada a partir de títulos que evocan episodios de series— instala una lógica “netflixada” que dialoga con los modos contemporáneos de consumir experiencia. Estos episodios funcionan aquí como comentario crítico sobre cómo procesamos nuestras crisis afectivas, en un contexto donde incluso el conflicto parece narrativizado. En ese marco, emerge una paradoja inquietante: en una sociedad atravesada por la exposición, uno de los mayores temores es la sanción pública, la “funa”, que termina modulando nuestras decisiones más íntimas.
Así, “GAYMALE” se configura como una experiencia escénica que interpela desde la cercanía, invitando a cuestionar las certezas sobre identidad, deseo y acompañamiento. Más que ofrecer respuestas, la obra abre un espacio de incomodidad productiva desde el cual pensar quiénes somos —y quiénes podemos llegar a ser— in un mundo donde toda categoría parece estar en tránsito.