“Gabriela”: atractiva instalación performática deconstruye a la Mistral

“Gabriela”, escrita y dirigida por Dante Parra, no retrata un trozo de vida de Gabriela Mistral ni tampoco escoge una de sus facetas: la Gabriela política, la lesbiana, la profesora, la poetisa, sino que se detiene en los múltiples significados de la palabra, sus palabras, y de su nombre, que de alguna manera la atrapó. Y la atrapa.
Se trata de un monólogo polifónico en clave de instalación performática, donde la única intérprete, la directora y dramaturga Stephie Bastías, oficia de una especie de médium que invoca -y evoca- diversas voces presentes en la vida de la Mistral. Doris Dana, su último amor; Emelina, su hermana de madre; Carlos su hermano de padre; Palma Guillén, otro de sus amores; y los niños, los de su infancia, y también los presentes en su vida y en su obra.

La actriz lleva un vestido negro de cuello alto, que recuerda el que luce la escritora cuando aun era Lucila Godoy Alcayaga y tenía 17 años. No intenta representarla sino ser un canal, que tanto narra como se pone a disposición de la poetisa y sus fantasmas. La obra se mueve entre el momento de la muerte de la Mistral, cuando ella pide a Dios volver a los parajes que la hicieron feliz y ver a las personas que amó, y la memoria que regresa a cuando era la niña Lucila.

Un personaje más son los recursos tecnológicos: proyecciones de fotografías y videos, paisajes, palabras que llueven, imágenes de una cámara de circuito cerrado que capta a la intérprete, distorsiones en la voz. Diversos micrófonos se transforman las personas que rodean a la Mistral en las evocaciones. De pronto el escenario está lleno de micrófonos, incluso Yin Yin -el sobrino hijo- es uno que Bastías carga en brazos.
El logos (palabra) y el verbum (verbo) son fundamentales en “Gabriela”. La poetisa se construye a partir de la palabra, partiendo por dejar de ser Lucila para convertirse en Gabriela. Ella trabaja con la palabra y, además, es encasillada aun después de muerta por palabras hilvanadas en discursos que la convierten en icono gay ,en icono de la educación o del feminismo.

En “Gabriela”, primera dramaturgia y dirección de Dante Parra, hay una milimétrica articulación entre los elementos tecnológicos y la carnalidad de la actriz. Y se llega a la emoción desde un lugar diferente al acostumbrado, desde el nombrar, desde el intentar entender a esta mujer, Gabriela, presa en su nombre y los adjetivos con que otros la modelaron.

Stephie Bastías hace gala de un ejercicio actoral difícil: no construir un personaje sino que narrarlo, nombrarlo y convertirse en su médium. Ella es Gabriela, y no. Es el cuerpo que hace posible invocarla, así como a otras voces en su vida. Es presencia y es canal.
La directora y dramaturga completa la puesta en escena con su intensa presencia, que marca espacio y tiempo con un decir claro y seguro, que permite transportar a los espectadores a los insondables espacios que abre la propuesta.
“Gabriela” rompe paradigmas y lugares comunes en torno a la Premio Nóbel. La sitúa en el comienzo, cuando era Lucila, y revisa su transformación en Gabriela Mistral, dos palabras que la modelaron y le dieron tanta libertad como prisión.
Buen debut para Dante Parra en una apuesta arriesgada que mantiene el interés del público alto, y un auspicioso regreso al escenario para Stephie Bastías, que -tal como en su trabajo autoral- se entrega sin concesiones.