“Flores de papel”: excelentes actuaciones para una lectura revitalizada

En 1970 el dramaturgo chileno Egon Wolff estrenó su obra “Flores de papel”, con un elenco integrado por Carla Cristi y Jorge Álvarez. La obra se inscribe en un corpus realista, donde Wolff intenta analizar la relación entre la clase acomodada y el margen en el Chile de esos años, después de la Reforma Agraria y en una naciente Unidad Popular. El temor de los ricos a perder sus bienes era un gran fantasma.
La versión de Francisco Krebs, en cartelera en el Teatro Finis Terrae, resuena profundamente en nuestros días: época muy diferente a los años 70 pero donde la vulnerabilidad psicológica se ha hecho más evidente y el miedo a la Otredad no va dirigido solo hacia los más pobres, sino también a los migrantes o a las disidencias de cualquier tipo.
Uno de los aciertos de la puesta es el elenco, que se acerca etariamente a los propuesto por Wolff. Este habla de una mujer de 40 años, Eva, de clase media acomodada; y un mendigo zaparrastroso, de 30, apodado El Merluza. Pues bien, Camila Hirane tiene precisamente 40 años, y Felipe Zepeda está en los 36. Las versiones anteriores han considerado, la mayoría de las veces, a hombres mayores, lo que da otra posible lectura a la relación que se establece entre ellos.
Eva vive sola, tiene una tienda y acepta que un hombre de la calle, Beto o El Merluza, le ayude con los paquetes a la salida del supermercado. Él dice que no puede volver a salir porque lo van a matar, excusa que aprovecha para quedarse en el departamento.
Poco a poco esta relación se va volviendo confusa y tóxica. En el caso de ella, pasa de la condescendencia culpable a una atracción erótica por el mendigo; en el caso de él, va del resentimiento social a la afectividad manipuladora, Beto es extremadamente autoconsciente, irónico y maneja un discurso de relaciones de clases que sorprende, además de hacer flores y otras figuras con papel de diario.
La versión de Krebs es más bien ochentera en cuanto a ambientación, por el estilo de la ropa de ella y los temas pop que suenan. La acción sucede en un espacio realista ubicado en medio de un dispositivo, que al final se desarma -en una redundancia con lo que sucede en escena, pero que no molesta- y que sirve para acoger proyecciones.
La fragilidad psicológica y la vulnerabilidad están presentes durante toda la propuesta. Los recursos que aporta el director, como los dobles de El Merluza que intervienen, la música entre actos y las visuales, funcionan para que la obra adquiera una resonancia simbólica mayor, que va desde lo político al cómo funcionamos desde nuestros fantasmas y pulsiones más oscuras. Puede leerse al ser humano en toda su complejidad.
Hay un gran apego al texto original, con algunos acertados recortes que permiten que la obra fluya rápido, abra espacio a la imaginación del público y no muestre todo lo que sucede.
En esta versión, Eva no está tan aterrorizada como en otras lecturas escénicas, pero muestra una enorme fractura emocional y de autoestima. El Merluza no es violento físicamente con la mujer, pero sí a nivel psicológico. Su violencia se descarga en el entorno, con el que literalmente arrasa sin parecer darse cuenta, ya que su capacidad de empatizar es nula.
Camila Hirane refleja en su excelente actuación todos los matices de una mujer ansiosa de amor y reconocimiento, que siente la necesidad profunda de aferrarse a otro. La protagonista quiere redimir y ser redimida a través del vagabundo, pero podría tratarse de alguien conocido en una aplicación o a través de las RR.SS. Eva no sabe quién es él, pero la conmueve creer que está genuinamente enamorado de ella y que puede salvarlo.
Felipe Zepeda, en un impresionante desempeño, se mueve por todos los registros del personaje; va desde el vagabundo patético y expresionista, hasta el hombre seductor y feroz. Su característica forma de trabajar el cuerpo abre muchas capas de sentido, relacionadas con la fragilidad psicológica, la vulnerabilidad y la representación (¿es lo que parece?).
Nunca queda claro quién atrapa a quién. Tampoco por qué Eva no pone límites a la destrucción de sí misma que le impone El Merluza, o si es ella quien lo menosprecia con su manera amable de aceptarlo. Y es esa ambigüedad, precisamente, la que nos hace conectar con los protagonistas desde nuestros rincones más ocultos. 

fotos Paulina León