“Exhumar”: cuerpo colectivo y memoria en la nueva creación de Plataforma MONO

En el marco de sus 10 años de trayectoria Plataforma MONO, en colaboración con Daniella Santibáñez, presenta “Exhumar”, una co-producción de NAVE con colaboración del Espacio Cultural Casa Palacio. Más que una compañía de danza en un sentido convencional, Plataforma MONO ha operado desde 2016 como un espacio por el que han transitado más de 25 intérpretes, privilegiando los procesos, la horizontalidad, la vinculación y la diversificación de lenguajes. En ese contexto, esta nueva obra reafirma ese modo de hacer: un núcleo mutable de artistas y colaboraciones, donde los vínculos persisten incluso cuando cambian los roles, las presencias y las configuraciones del elenco.

Después de ver el estreno, una de las claves más interesantes de la pieza aparece justamente en su estructura. En conversación posterior, Daniella Santibáñez explicó que el orden del material fue articulado principalmente desde la dirección, mientras el dramaturgista, Bruce Gibbons, operó más bien en la dimensión del nombrar, acompañar y leer lo que iba ocurriendo, antes de como una arquitectura cerrada de escenas. Esa decisión se percibe en una obra que avanza por bloques, atmósferas y estados, más que por una narración lineal.

La primera parte instala un estado de observación y atención corporal muy preciso. Las y los intérpretes comienzan mirando al público con detenimiento, para luego activar un flujo grupal de desplazamientos amplios que recorre el gran espacio escénico de NAVE. Allí emergen movimientos reconocibles que se contaminan entre sí: ecos de freestyle, gestos urbanos, impulsos animales, referencias a redes sociales o bailes de salón, en una mezcla fresca que sostiene un ritmo vivo y una atención constante.

El trabajo del elenco es sobresaliente. Seis intérpretes ocupan con solvencia un escenario amplio, resolviendo con detalle, presencia y proyección una escritura física exigente, tanto en lo grupal como en lo individual. Hay una claridad técnica que no se agota en la limpieza formal, sino que produce también una calidad de escucha compartida, de engranaje vivo entre cuerpos que se sostienen y se afectan.

En esa primera mitad, el vestuario cumple un papel decisive. Paloma Avendaño crea una propuesta que combina siluetas de resonancia medieval o distópica con detalles que desplazan la imagen hacia algo deportivo o incluso futurista. Hombros marcados, cortes sobre el torso y una paleta que oscila entre mostazas, terracotas, celestes y rojos profundos construyen una visualidad sugerente, a la vez temporalmente ambigua y materialmente concreta.

También destacan la música y el diseño sonoro de Raimundo Stevenson, junto al diseño lumínico y escenográfico de Matías Segura. En varios pasajes, el trabajo sonoro y lumínico instala una atmósfera cercana a una fiesta electrónica o a una rave contenida, desde donde irrumpen secuencias de tomas grupales de enorme complejidad técnica. Los cuerpos vuelan, se elevan, se sostienen y se desplazan en el aire con una seguridad que hace parecer simple lo que claramente no lo es; allí aparece con fuerza la experiencia acumulada de un grupo que ha construido confianza y lenguaje común a lo largo del tiempo.

Uno de los giros visuales más potentes de la obra aparece con la irrupción de un gran telón de material metálico que transforma el espacio. La escena adquiere una textura mineral, como si el suelo se volviera una superficie de mercurio, roca o sedimento brillante. Los cuerpos pasan entonces a habitar un paisaje no del todo humano: larvas, restos, presencias subterráneas o criaturas en suspensión, en una imagen que acerca la obra por momentos a una ciencia ficción coreográfica.

Desde ahí, Exhumar se interna en zonas más densas. El humo, los cables, los micrófonos y los enredos corporales producen una imaginería de acumulación y arrastre, de cuerpos convertidos en materia, residuos o restos manipulables. En esos pasajes, la obra deja entrever una reflexión sobre el cadáver, la masa, la pérdida de individuación y la fragilidad del cuerpo cuando deja de sostenerse por sí mismo. Sin embargo, la pieza no se queda en una imaginería sombría. Hacia el final aparecen configuraciones grupales que recuerdan retratos familiares, comunidades agotadas o cuerpos que persisten en el acto de levantarse mutuamente. Esa oscilación entre resto y sostén, entre despojo y comunidad, es una de las zonas más logradas del montaje.

En términos interpretativos, el nivel del elenco es muy alto. Alicia Pizarro, Francisca Wastavino, Gabriela Suazo, Jorge Olivera, Daniela Guajardo y Javier Muñoz conforman un conjunto de gran cohesión, capaz de pasar de la masa al detalle, de la imagen escultórica al impulso mínimo, sin perder intensidad ni precisión. Más que producir lucimientos individuales, La obra se apoya en un trabajo coral donde la potencia emerge del tejido colectivo.

“Exhumar” se vuelve especialmente interesante cuando se lee como un recorrido por distintas estaciones rituales: cuidado, exposición, celebración, manipulación, caída, entierro, disolución, acompañamiento. No ilustra un rito mortuorio de manera literal, pero sí convoca sus capas simbólicas a través de un lenguaje abstracto, detallado y físicamente exigente. En ese sentido, la obra logra algo poco frecuente, que es sostener una investigación conceptual compleja sin sacrificar dinamismo escénico ni potencia sensorial.

El resultado es una pieza rigurosa y viva, con un lenguaje coreográfico minucioso y una notable inteligencia espacial. A la vez contemplativa y física, Exhumar confirma la madurez de Plataforma MONO en su décimo año, reafirmando la potencia de los procesos colaborativos.