“Recuérdame mi vida”: búsqueda teatral articulada como un puzle intermedial

“Recuérdame mi vida” en cartelera en Teatro Zoco, primera obra chilena estrenada en ese espacio y generada en conjunto con Cultura Capital., es una pieza que podría llamarse de “puesta en escena”. Su director, Jesús Urqueta, despliega una serie de recursos escénicos que se complementan como una especie de puzle intermedial (visual, textual y sonoro) en función del drama de una mujer con Alzheimer precoz, diagnosticado a los 48 años, y la relación con su hija veinteañera.
Un elemento fundamental es la música, compuesta por el famoso Ennio Morricone (autor de las bandas sonoras de cintas como “La misión”, “Los intocables”, “Cinema Paradiso” y “Por un puñado de dólares”), interpretada en vivo por el pianista Ignacio Méndez. Tensiones e intensidades son aportadas por la sonoridad, en diálogo constante con cada escena.
El texto, escrito por Emilia Noguera, recoge pinceladas de la relación entre Marina (Paola Giannini) y Luciana (Sara Becker).La madre, una docente universitaria y neurocientífica; la otra alejada de la academia e intentando parar una compañía de danza independiente. La obra recorre un año en la vida de estas mujeres, marcado por las estaciones, de verano a verano.
Las situaciones, así como los textos, son impresionistas, como polaroids de diferentes momentos vividos en la búsqueda inevitable de estas mujeres de rearmar su vínculo a medida que avanza la enfermedad. Los diálogos gatillan estados y otros planos de la historia, que no se ven ni se discuten, como el proceso de la hija que deja su individualidad para cuidar a su madre.
Las palabras se ensamblan a la perfección con la música y los recursos audiovisuales (diseñados por Matías Carvajal), preponderantes en la elaboración del discurso.
Hay mapping y una escenografía que se mueve (Laurence Lemaitre a cargo del diseño integral) y permite asimilar las estaciones y sus características, a la emocionalidad y al tránsito vital de Marina y Luciana.
Claro que, tal vez lo más determinante es la cámara en vivo que muestra los rostros de Paola Giannini y de Sara Becker, en zoom, proyectados en grandes dimensiones, en el fondo del escenario. Ese recurso acerca el público al dolor de los personajes, a la desesperación incluso.
Ver a Paola y observar su perplejidad frente a lo que le sucede, ver a Sara llorar desconsoladamente, con la máscara de pestañas corrida. Esas imágenes, enormes, permean la emotividad de los espectadores.
También impacta la cámara recorriendo la mesa donde Marina tiene anotado su pasado, sus direcciones y hasta los objetos más simples. Tetera está escrito al lado de un recipiente de vidrio, y “tu marido” y “mi hija” al lado de fotos antiguas. La mesa está repleta de su imperiosa necesidad de retener nombres, fechas, calles. Lo más posible.
Paola Giannini sobresale por la contención con que encarna a la madre. Hay dolor, sorpresa, espanto inclusive, pero su forma de asumirlos sin gritos es más punzante. La acompaña muy bien la joven Sara Becker, probadísima en el cine y de regreso el teatro después de 7 años. El único detalle es que cuando habla fuerte o grita adquiere un cierto tono al final de cada frase, que sería positivo neutralizar.
La mirada de Jesús Urqueta, uno de los directores más destacados de nuestro panorama teatral, une todas las piezas mencionadas en un todo orgánico, que palpita armoniosamente. De eso se trata, precisamente, lo intermedial: de una actitud conciliadora frente a la obra.

El corpus de “Recuérdame mi vida” puede entrar por los poros de los espectadores de diversas maneras. Sus discursos detonan sensaciones y reflexiones. Ideal sería que esta pieza se presente en otro tipo de espacio no dispuesto de la manera tradicional, para implicar al público con los recursos mencionados y acercarse a una propuesta inmersiva.

fotos Daniel Corvillón