Presentada los días 22, 23 y 24 de mayo en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), con una duración aproximada de cuarenta y cinco minutos, “Brasas” es una creación de la coreógrafa francesa Leïla Ka para el Ballet Nacional Chileno. Al entrar a la sala, la penumbra ya es atmósfera. No hay un comienzo anunciado. La obra no espera: habita. Sobre el escenario, los trece intérpretes del BANCH se revelan lentamente desde la oscuridad, como si la luz tuviera que ganar cada centímetro de piel. No hay música. Solo respiraciones, pies que golpean el piso, roces de ropa, chasquidos de dedos. Es la previa del rito. El momento antes de que la fiesta decida si realmente quiere empezar.
La obra se despliega como una fiesta en decadencia. No la representa: la recorre desde su interior. Hay una estructura reconocible —el ingreso, la explosión, el lento que antes se ponía cuando todo estaba por terminar, el recuerdo del ex, el karaoke como último acto de resistencia— pero cada etapa está atravesada por una tensión que no cede: los cuerpos bailan con energía mientras los rostros permanecen impasibles. No es contradicción. Es mandato.
El movimiento es explosivo y preciso, más central que periférico. Al inicio, las miradas se pierden en el horizonte, atravesando el espacio sin encontrar a los otros. No hay conexión entre los intérpretes. Solo cuerpos que ocupan el mismo vacío. La coreografía se construye a partir de la repetición de fraseos y el uso de canones: uno inicia el movimiento, los otros lo siguen, uniéndose de a poco, en pequeños grupos que se suman como una masa que crece sin nunca llegar a fundirse del todo.
Los pasos toman elementos de salsa, cumbia, reguetón y twerk, pero no son reproducciones fieles. Están permeados por el lenguaje contemporáneo y clásico que caracteriza al BANCH. No se bailan: se deforman. Son reinterpretaciones que conservan el esqueleto del gesto popular pero le arrancan la alegría. Lo que queda es el gesto vacío, la obligación de seguir moviéndose sin que el cuerpo lo desee.
La entrada de la música techno-post-rave detona el primer estallido. Aparecen serpentinas, confeti y pequeños pitos de cumpleaños. El público ríe. Es una risa automática, casi refleja. Los intérpretes no ríen. Comienzan a despojarse de prendas. Han entrado en calor. Pero el calor no es placer: es desgaste. El vestuario de Carolina Vergara mezcla lo festivo con lo desgarrado: pieles exhibidas, faldas compartidas entre géneros, el brillo de lo que una vez fue juvenil y ahora solo pesa.
La iluminación de Nicolás Jofré sostiene esta ambigüedad. Nunca es del todo clara. Un verde tóxico corroe la pared del fondo, como si la sala también se estuviera pudriendo. Los rojos golpean desde el frente, pero no calientan; incomodan. La luz transita entre la penumbra y algunos destellos de claridad, pero nunca termina de iluminar del todo. Es la luz de una fiesta que ya no sabe si seguir.
La música se corta. Los cuerpos siguen moviéndose sin ella. Solo se escuchan las respiraciones agitadas, los golpes de los pies, el roce de las telas. Es la primera grieta. La fiesta ya no se sostiene sola. Hay que hacer un esfuerzo para que continúe.
En los dúos y un trío, la coreografía se vuelve más íntima. Bailan un lento. Como en las fiestas de antes, cuando esa música anunciaba que todo estaba por terminar. Una intérprete se separa de su compañero. Comienza a sonar “El hombre que yo amo”. Es el recuerdo del ex, la nostalgia irrumpiendo donde solo debía haber celebración.
Vuelve la electrónica. Los fraseos se repiten con intensidad explosiva. El sudor ya es copioso. Los peinados se desarman. Los cuerpos se vuelven vulnerables, expuestos. El cansancio ya no se oculta. Es el verdadero rostro de la fiesta.
Entonces suena “My Heart Will Go On”. Los intérpretes, algunos tirados en el piso, comienzan a cantar. Al principio es playback tímido. Luego, a todo pulmón. Se acercan al borde del escenario. No cantan bien. No importa. Es el karaoke como negación a terminar. El último acto de resistencia antes de que el cuerpo diga basta.
Los fraseos enérgicos vuelven una vez más. Pero es un espejismo. La luz se desvanece. Todo queda en oscuridad. Como al inicio.
“Brasas” no es una celebración. Es el retrato de una generación que aprende a bailar en medio de las ruinas. Sus cuerpos celebran mientras sus rostros guardan tristeza. Los artefactos de la fiesta —confeti, pitos, serpentinas— no generan alegría en los intérpretes: generan una respuesta automática en el público, que ríe sin saber de qué se ríe. Esa distancia es la obra.Al final, no hay catarsis. No hay respuesta. Solo la experiencia de haber asistido a una fiesta que no quería terminar, pero que ya no podía seguir. Y la pregunta que queda flotando, como el humo suspendido en la sala: ¿bailamos porque tenemos energía o porque no nos queda otra?
