“El quinto paso”: intenso y logrado juego de poder que tensiona certezas

Las contradicciones del ser humano, la coherencia entre el discurso y la práctica, entre la confianza y la duda, son algunos de los temas que revisa “El quinto paso”, del autor norirlandés David Ireland (1976). La versión chilena, estrenada recientemente en Zoco, está a cargo del director Jesús Urqueta, reconocido por sus aptitudes para montar diferentes tipos de obras de teatro encontrando siempre la manera precisa.
El título hace referencia al quinto de los doce pasos del programa de Alcohólicos Anónimos (A.A), que busca una confesión: que la persona que busca rehabilitarse pueda reconocer el daño que ha hecho a los otros y a sí misma, con sinceridad verdadera.
En escena, dos hombres. Luka, joven que quiere rehabilitarse del alcohol, y James, de mediana edad y sobrio hace más de 20 años, que se convierten en ahijado y padrino. Su relación va de mayor a menor complejidad a medida que se van destapando las interioridades de cada uno: sus mentiras, sus traumas, sus búsquedas.
La pareja protagónica está formada por Francisco Melo como James, y Felipe Rojas como Luka. Vestuario y corporalidad los revelan desde la primera mirada. James luce tranquilo y resuelto, lo que se subraya con un pantalón azul más camisa y chaleco beige. Su decir es pausado al igual que su corporalidad, y su actitud refleja a alguien que maneja las situaciones.
Su ahijado es hiperkinético, inquieto, con gestos que revelan ansiedad. Viste pantalón ancho, polera verde y un polerón con capucha. Su corporalidad recuerda a la de los raperos y su mundo urbano marginal.
El padrino provoca confianza, en tanto el ahijado despierta sentimientos paternales o maternales, pero también un poco de temor.
De a poco, escena por escena, el padrino empieza a revelar grietas profundas entre su discurso y su práctica. Es intolerante y, lo peor, oculta una vida censurable y poco ética. Su relación con Luka se mueve en un inquietante saltarse límites para luego reestablecerlos. Bien podrían ser profesor y alumno, padre e hijo, mentor y discípulo. Y A.A la iglesia -católica u otra-, una ONG, un sindicato, una fraternidad…cualquiera institución que tenga ideales o una misión, que fueran vulnerados por uno de sus miembros.
El espacio escénico recrea una sala de reunión. Es neutra, con sillas rojas, una mesa con café y agua en el fondo, ventanas con persianas y varias puertas. Una de entrada, más las otras que pueden llevar a un baño o un clóset. La iluminación va de fría a subrayar las emociones. El diseño integral (César Erazo) y la escenografía (Fernando Quiroga) se suman y acogen el increscendo de la relación entre los dos hombres.
Entre actos, los temas “Lose your sel”, de Emimen; y “Swimming pool (drank)”, de Kendrick Lamar, dan cuenta de las turbulencias emocionales entre los protagonistas.
En el texto, Ireland es lúcido y se mueve desde lo cotidiano a temas muy profundos, como la fe y la espiritualidad. El lado pop lo ofrecen una serie de citas a películas (genial es el guiño a “Toro salvaje”) . También hay alusiones sexuales directas, sin eufemismos.
Francisco Melo y Felipe Rojas, que están siempre en escena, cara a cara, entregan actuaciones potentes y matizadas. Se conectan energética y corporalmente. Melo pasa de la calma y esa apariencia de superación a un quiebre que lo trastorna y lo muestra absolutamente vulnerable. Rojas, en cambio, combina la violencia con la fragilidad en una caracterización que perturba. Su Luka es reconocible, identificable.
Es imposible no involucrarse emocionalmente con lo que sucede. Las preguntas son muchas ¿Qué poder le otorgas a otra persona al confiar en ella? ¿Qué le estás exigiendo al pedirle consejo? ¿Tienes la coherencia moral para tutelar a alguien? ¿Si el tutor fracasa, fracasa también la institución a que pertenece?
La contradicción humana, la coherencia y la certidumbre paradigmática se tensionan en este montaje. Y Jesús Urqueta consigue lo que en “Lluvia constante”, “El mar en la muralla” y tantas otras: ritmo, verdad, energía que circula y un buceo en las profundidades del ser.
“El quinto paso”, versión nacional, es un acierto gracias a la mano de Urqueta, el talento de Francisco Melo y Felipe Rojas, y el aporte de un equipo que permite la cristalización de una propuesta sin baches.

fotos Daniel Corvillón