“De tener(se)”: La escucha como acto coreográfico

Estrenada en Espacio Vitrina el 6 de febrero, con una duración aproximada de una hora, vuele este fin de semana de junio. Al cruzar el umbral del teatro, el tiempo parece haberse suspendido. Bajo una luz roja que envuelve el galpón reconvertido, los cinco cuerpos de “De tener(se)” —Camila Belén Mora, Antonia Maturana Quiroz, Sebastián M. Loncón, Daniela Saavedra Pimentel y Andrés Millalonco Pincheira— ya están en movimiento, trazando lentas espirales en el espacio como si el ensayo nunca hubiera terminado y la función ya hubiera comenzado. Esta disolución entre preparación y acto, coreografiada por Vivian Romo Jara bajo la dirección general de Bacanal Colectivo, establece el pacto inicial de una obra que conmemora la década de creación independiente de la agrupación. No lo hace con estridencia, sino con una audacia silenciosa: la de proponer que bailar puede ser, ante todo, un ejercicio de escucha atenta.
El movimiento emerge desde la paciencia corporal convertida en lenguaje. No hay frases coreográficas impuestas; hay búsquedas táctiles, reconocimientos que se inician en el cuello, el cráneo, la columna que se articula como una serpiente ósea y fluida. Los cuerpos —vestidos por Mónica Ruiz en una paleta de grises y negros que individualiza sin distraer— se desplazan con un peso deliberado, como si cada paso midiera la resistencia del suelo. Se observa un vocabulario de contención y abandono calculado: torsiones que nacen desde la pelvis, caídas que no son derrumbes sino transferencias de peso hacia el siguiente punto de apoyo, rodadas que dibujan círculos en el piso como huellas efímeras. Cuando corren, no es fuga; es un mapeo del territorio íntimo mediante diagonales largas y cambios bruscos de dirección. Cuando se elevan, no es para destacar; es para explorar la verticalidad como un estado de vulnerabilidad sostenida.
En los dúos y tríos, el lenguaje se vuelve diálogo físico. Un cuerpo se inclina hasta el límite del equilibrio, sostenido solo por la presión de una mano en el esternón del otro. Cráneos se apoyan en hombros, nucas se entregan a palmas abiertas, creando arquitecturas vivas de confianza. En los unísonos, no hay sincronía perfecta sino respiración común: un mismo impulso recorriendo cinco cuerpos con ligeros desfases, como un pulso que late en distintos corazones a la vez. La percusión corporal de golpes sobre muslos y pechos dialoga con la partitura, añadiendo una capa rítmica que nace del propio organismo.
La luz de Marco Avilez opera como un respiro visual. Tras un blackout que resetea la mirada, haces blancos atraviesan la penumbra como un amanecer que acaricia pieles y butacas por igual. Una neblina suspendida difumina los bordes entre lo real y lo onírico. En el clímax atmosférico, un cono cenital envuelve a los intérpretes en un cilindro de intimidad revelada —un laboratorio donde se observan las articulaciones conversando en torsiones y contracciones. Hacia el final, la paleta vira a azules lunares, y en ese fresco nocturno las siluetas ejecutan secuencias donde la energía ya no es explosiva, sino fluyente y orgánica, con giros que desprenden el cabello largo como estelas de movimiento.
La composición de José Tomás Molina teje un diálogo sensible con lo corporal. Cuerdas y teclados —actualizados con sintetizadores— oscilan entre lo pulsante y lo calmado, creando una partitura que siente más que acompaña. Los golpes sobre el cuerpo y las respiraciones amplificadas se integran como percusiones orgánicas, recordando que el primer instrumento es el organismo en acción. En los momentos de mayor quietud, el sonido se reduce al roce de la ropa, el impacto de los pies descalzos sobre el piso, el jadeo contenido que expone el esfuerzo sin artificio.
Lo que queda expuesto, finalmente, es la materia cruda del esfuerzo compartido: el sudor que brilla bajo la de luz, la respiración audible que marca el compás interno, la fatiga honesta de sostener y ser sostenido. En “De tener(se)”, el cansancio no se oculta; es la prueba física del pacto colectivo, la evidencia de que esta danza se construye con el combustible real de cuerpos que resisten, escalan, caen y se reencuentran.
La obra cierra con una imagen de carga y abandono ritual: una intérprete es elevada sobre hombros ajenos y transportada con lentitud ceremonial hacia los bordes del espacio, hasta desaparecer en un fade out. No es un final, sino una despedida del estado de encuentro —la disolución del círculo de escucha.
Con este estreno, Bacanal Colectivo consolida diez años de trayectoria no con un espectáculo celebratorio, sino con una meditación en acto. Su aporte radica en la profundidad con que explora un principio simple y radical: que la coreografía puede nacer de la espera, de la contención, y de la voluntad de dejar que el movimiento aparezca solo, cuando el cuerpo y el instante están listos para recibirlo. En un mundo que premia la inmediatez y la imposición, esta obra es un recordatorio necesario: a veces, la potencia mayor reside en saber escuchar antesde responder, en sentir el peso del otro antes de decidir hacia dónde girar.

 

Coordenadas
5 y 6 de junio 20:00 hrs, 7 de junio 19:00 hrs
Espacio Vitrina
Marín 0349, Providencia

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