El surrealismo me ha interpelado desde la niñez, especialmente a través de Dalí, Chagall y Magritte, representantes de un territorio poético cargado de metáforas reconocibles: un espacio donde se entiende y se siente por medio de algo que no corresponde directamente a la realidad, sino que propone un lenguaje propio para traducirla. El simbolismo, con sus letras pintadas de color y su sinestesia, fue quizás el umbral de esa vanguardia que, trasladada a Chile, podríamos vincular con Vicente Huidobro y con la poesía en general: la metáfora como posible traducción del mundo, de sus afectos, sus dolores, sus despedidas, sus amores, sus incoherencias y también sus sueños, desdoblados, sinérgicos. “Panthalassa”—nombre que evoca el océano único y primigenio que rodeaba Pangea antes de la fragmentación de los continentes— ya anuncia en su título este gesto: un mar anterior a toda separación, un origen común desde el cual todo cuerpo, todo afecto y toda deriva parecen posibles.
A ese lenguaje nos invita a acercarnos Nuri Gutes en “PANTHALASSA, prismas de navegación”, nueva producción original de danza de CEINA: nos toma de la mano y nos embarca en un viaje hacia un “lugar entre lugares”, una dimensión de la metáfora donde el lenguaje es el cuerpo, la palabra y la poesía. Desde un universo pictórico y objetual, los cuerpos de las y los intérpretes flotan en un mar de proxemias, de vacíos corporales, de juegos y de memorias que la audiencia traduce a su modo: un cuerpo de mujer mayor, otro de joven seductora y lúdica, en tensión con la figura onírica de un hombre de mar; un muelle sin barcos, solo remos gigantes que caen lentamente y flotan en el espacio escénico. Esta suspensión de los remos —objetos que deberían impulsar una embarcación ausente— funciona como una primera clave de lectura: aquí la propulsión no viene del avance sobre el agua, sino de la caída misma, de un descenso que se vuelve levedad, casi antigravitatorio, como si el escenario obedeciera a una física propia, más cercana al sueño que a la mecánica del mar.
Las escenas se suceden como una presentación de los seres que habitan este lugar que opera a la vez como muelle, montaña y colina: un sitio de esfuerzo, de llegada de embarcaciones o de ascenso por una “montaña de la vida”.
El grupo, flotante en ese océano escénico, se organiza en dúos y grupos, en entradas y salidas que podríamos llamar encuentros fugaces, desplegando estados de movimiento que cruzan gestos cotidianos con material dancístico más elaborado, tejidos entre sí como una red de pescador. Esta imagen de la red no es solo descriptiva: la estructura coreográfica misma parece tejerse y destejerse, dejando pasar ciertos cuerpos y reteniendo otros, en un entramado que nunca se cierra del todo. Todo esto cobraba sentido junto a esos remos gigantes que caían y flotaban lentamente en el “cielo” del espacio escénico, invirtiendo la relación esperada entre arriba y abajo, entre cielo y mar, en una topografía escénica que se resiste a la orientación fija.
Al fondo, sobre una plataforma, Alejandro Cáceres marca de forma sutil, casi imperceptible, el paso entre escenas, tejiendo la relación entre lo real, lo mágico, lo onírico, lo metafórico y lo surrealista. Su presencia funciona menos como personaje que como umbral: una figura liminar que habita el borde del espacio escénico tal como el mar habita el borde de la tierra, marcando transiciones sin necesidad de gesto explicativo. En un momento álgido, la obra despliega un romance entre una mujer (Alexandra Mabes) y Alejandro Cáceres, que evoca la mitología de sirenas y marineros —esos hombres de mar perdidos y ardientes por una mujer—, una imagen que remite directamente a los cuadros de Chagall sobre la novia que vuela sobre campiñas y nubes. Esa cita pictórica no es casual: como en Chagall, aquí el amor desafía la gravedad y la lógica narrativa, prefiriendo la suspensión y el vuelo a la resolución dramática convencional.
Destaca también, por su versatilidad y su encarnación del lenguaje de Gutés, la entrega de Kevin Magne, cuyo trabajo hace explotar el lenguaje de la danza en cada pequeño gesto y matiz. En cada inflexión del torso, cada cambio de peso, parece cargado de una narrativa interna que no necesita explicitarse para comunicar su tensión emocional.
Más que narrar una historia, “PANTHALASSA” invita a vivir una experiencia sensorial donde la danza dialoga permanentemente con las artes visuales. La colaboración con el artista Sebastián Maquieira es uno de los ejes de la creación: sus obras se integran al lenguaje coreográfico dando forma a un paisaje escénico que evoluciona junto a los intérpretes, funcionando como un agente más de la travesía, que respira y se transforma. Completan la propuesta la música de Héctor Quezada y Nuri Gutés, la iluminación de Fernando Solís y el vestuario de Mauro Núñez, configurando una experiencia donde cuerpo, imagen, luz y sonido convergen en una misma travesía, sin que ninguno de estos lenguajes se subordine completamente a otro.
El viaje termina con los intérpretes bebiendo agua y conversando mientras abandonan el espacio, en un gesto final que rompe deliberadamente la ficción escénica y devuelve a los cuerpos su condición cotidiana, casi doméstica, después del naufragio poético que acabamos de presenciar. Ese contraste —entre la intensidad simbólica de lo recién vivido y la sencillez de un vaso de agua compartido—. Nos queda así un muelle interior donde el movimiento fue forma de navegar entre paisajes imaginarios, que evocan la constante reinvención de los caminos.
Ficha artística
Producción: CEINA
Dirección coreográfica: Nuri Gutes
Intérpretes: Kevin Magne, Alexandra Mabes, Mabel Olea, Ámbar Habib, Pascal Schuk y Alejandro Cáceres
Artista visual: Sebastián Maquieira
Asistente de dirección: Francisca Molina
Música: Héctor Quezada y Nuri Gutes
Diseño de iluminación: Fernando Solís
Vestuario y arreglos: Mauro Núñez y equipo
